domingo, 29 de mayo de 2016

ENTRE “FEMINAZIS” Y “PSICOANALINAZIS”


Con cierta regularidad leo en redes sociales, opiniones en que se utiliza la expresión, que no puedo menos que calificar de absurda, “Feminazis”. ¿Qué relación puede existir entre un movimiento como el feminismo que, al menos desde la época de la Ilustración, ha pugnado por reivindicar para las mujeres derechos tan básicos como la educación o el sufragio; que se propone además una reflexión profunda sobre el papel que las sociedades, particularmente, occidentales y occidentalizadas, han impuesto a las mujeres, en claras condiciones de inequidad (de ahí que no pueda llamarse “Igualitarismo”, como algunos proponen. Es feminismo porque la balanza claramente se halla aun inclinada en contra de las mujeres) para generar contrapesos que permitan la paridad entre géneros, entre este movimiento dialéctico por antonomasia y una ideología patriarcal, vertical, impositiva y asesina, que destaca como gran cualidad de “la mujer aria”, su lugar “natural” de madre y esposa procreadora? Absolutamente ninguna.

—Se les llama feminazis— Responde alguien en las propias redes, —a las mujeres que llevan al extremo el feminismo, que cometen actos vandálicos y que pretenden que las mujeres dominen sobre los hombres—. Ante esta respuesta, se me ocurre a la vez contra-argumentar ¿qué entendemos por “actos vandálicos”?, ¿Qué sería más nocivo, por ejemplo, entre “vandalizar” el antimonumento ubicado sobre Paseo de la Reforma, que conmemora la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, con pintas como “somos más de 43” o “Yo no soy 43” y la propia omisión implícita en el hecho de que, ante la desaparición de 43 estudiantes normalistas, se realice todo un movimiento (que aplaudo y al que me sumo, desde luego, y prueba de ello es que en mi perfil de Fb, el logo de los 43 se mantiene casi desde aquel día funesto de septiembre de 2014), pero las constantes desapariciones de cientos y miles de mujeres, a lo largo y ancho de la República Mexicana no generen más que una nota esporádica que se pierde entre las alzas del dólar y anuncios de contingencia ambiental? Más aún; si se dice que el feminismo promueve la reflexión sobre las relaciones de poder entre mujeres y hombres, con el fin de alcanzar la equidad ¿Puede alguien que, atentando contra el concepto de equidad, busca imponer una supuesta supremacía de las mujeres sobre los varones, llamarse feminista? Me parece que la respuesta es claramente no. Más aún; si lo que dichas mujeres proponen no es más que un hembrismo ¿Por qué mejor no acuñar el término “hembrinazi”, más cercano quizás al de “machinazi”, más no equivalente, porque a diferencia de estos, las hembrinazis no violan, torturan, asesinan ni desaparecen a sus víctimas, además de que no existe para ellas, como para ellos, un aparato social y jurídico que minimice dichas acciones, que las naturalice y que promueva su impunidad? Pareciera entonces, que la expresión “feminazi” se usa para designar a “la otra”, “la que no es como yo” y con la que no puedo empatizar (ya lo dijo de Beauvoir).

Cierto es que existen, como en todo movimiento, feministas (o pseudo feministas) más violentas que otras, más enojadas y más “radicales” (entrecomillo porque dicho adjetivo se emplea como un peyorativo sinónimo de violentas, cuando en realidad refiere a “las que van a la raíz” y en este sentido, ojalá todas, todos y todes fuéramos más radicales ante problemas fundamentales), pero como no soy partidaria de la generación espontánea, me pregunto ¿de dónde viene ese enojo? ¿De dónde esa violencia? ¿Tendríamos, a la manera de la psiquiatría, que atribuirle un origen clínico? ¿Habría que buscar el “gen hembrinazi”? ¿Recurrir a la frenología? ¿Acuñar para el DSM VII el Trastorno por Hembrismo Recurrente, THR, prescribiendo la respectiva pastillita fabricada por los más prestigiosos laboratorios gringos?

Quien observa los movimientos feministas, claramente elige tomar partido basándose en criterios para nada aleatorios. Así, quien durante una manifestación de cientos de mujeres que marchan pacíficamente en pro de una reivindicación específica, prefiere ver y tomar como representativa de todo el acto, la acción de 5 o 10 mujeres insultando a un hombre o rayando el antimonumento de los 43, claramente está tomando una postura ideológico-política afín con su criterio y subjetividad; criterio y subjetividad que surgen de una resistencia consciente (o inconsciente, para entrar en tema del psicoanálisis) ante lo que el feminismo les evoca. En muchas ocasiones, quienes critican lo hacen sin contexto, sin conocimiento de causa, sin haber leído lo que el feminismo propone y, en caso de haberlo leído, hacerlo más para refutar que para comprender.

De tal suerte, resulta que el enojo y la frustración que muchas feministas experimentan y que en algunos (y sólo en algunos) casos se traduce en actos violentos, derivan de la hostilidad con que son recibidas sus demandas. Derivan de esa resistencia consciente o inconsciente que otros tienen para escucharlas y por ende, justo de ese sistema que hace imposible el hembrinazismo como paradigma, pero viable y operante al machinazismo. Proviene del no tener siquiera un antimonumento en Paseo de la Reforma. Proviene de la inexistencia de un movimiento nacional en pro de las mujeres desaparecidas y violentadas, como lo hay de los 43 normalistas. No es estar contra lo otro, sino simplemente denunciar que lo otro (y el Otro) no está a nuestro favor; con nosotras y nuestras muertas. ¿Quién asestaría entonces el primer golpe y qué respuesta se espera ante quien no escucha, sino que se le hable con más fuerza?

En el título de la presente reflexión, me permití acuñar el término “psicoanalinazi”, a riesgo de incurrir en un absurdo como el ya señalado y, como habré de exponer, sin que exista ninguna relación entre los vocablos puestos en forzadísima relación, debido a que, durante mucho tiempo he venido leyendo, también fundamentalmente en redes sociales, diversas expresiones francamente hostiles contra el psicoanálisis. Si éstas tuvieran fundamento, serían excelentes oportunidades para la autocrítica y de hecho, no son pocas las veces que en lo personal, leyendo a otras personas, me cuestiono mis propias ideas y me siento enriquecida por ello. Sin embargo, tristemente veo que, como en el caso del feminismo, el psicoanálisis es objeto de críticas infundadas, derivadas, tanto de la opinión desinformada, como de lecturas someras que no tienen más objeto que la refutación a priori. En más de una ocasión, leer una opinión desinformada o descontextualizada sobre el psicoanálisis, me ha llevado a participar en las conversaciones desde la contra-argumentación, generando con ello molestia o indiferencia, pero muy rara vez diálogo y retroalimentación. Mi sensación es la de la niña que, viendo a otros jugar, saca entusiasta sus juguetes, pero no puede sumarse al juego, porque los suyos no son artículos de la marca de moda o a la que se le dice: “Tú no juegas. Esto es cosa de hombres”. Ante esto, en repetidas ocasiones me pregunto ¿qué es lo que debería hacer? ¿Simplemente renunciar, buscar espacios y personas que compartan las mismas inquietudes y restringirme exclusivamente a estos vínculos? ¿Sumarme a un gueto para no incomodar?

Feminista y activista comprendo, sin embargo, que lo que no se nombra no existe y lo que no se debate se tiene como verdad. Entre las personas a las que pude haber incomodado, se hallan algunas que me resultan brillantes, admirables, entrañables y de quienes sería una pena simplemente tomar distancia. Por otra parte, estoy convencida de que, pese a su prejuicio, el psicoanálisis es una herramienta invaluable para pensar los graves problemas que a eses mismas personas les preocupan. Considero entonces que vale la pena combatir con diálogo el estigma, argumentar y proponer; hablar a riesgo de no ser escuchada y seguir hablando so pena de ser tenida por terrorista.

Entre los mitos que más se esgrimen contra el psicoanálisis, está su supuesta tendencia a la patologización. Se olvida (y a menudo se ignora) que en sus “Estudios sobre la Histeria”, en coautoría con Breuer, Freud establece que la histeria no tiene origen en el útero, esto es, orgánico, sino en la represión, entendida esta como un mecanismo de defensa con relación a la castración; un origen psíquico anclado en lo social para un padecimiento somático, pero que además proviene de la ya citada represión, la cual, según Freud, es constituyente de la cultura. Freud desde sus inicios, contraviene la idea de que la histeria es un padecimiento exclusivo de las mujeres y deja a saber que, si las mujeres son más propensas a la histeria, es precisamente porque se ven más compelidas a la represión.

Siguiendo este mismo orden de ideas, si Freud pone en tela de juicio el origen orgánico y neurológico de diversas supuestas enfermedades, pone también en entredicho el propio concepto de patología. Freud propone, ya lo dijimos, a la castración (la falta) como el momento constituyente de la cultura y a las estructuras psíquicas, no como meras categorías clínicas o patologías, sino como epistemologías, esto es, formas de relacionarse con el mundo. Así, todes y cada une de les seres humanes nos podemos ubicar, ya en la neurosis, en la perversión o en la psicosis, dependiendo de nuestra relación con la castración (Lacan, en su retorno a Freud ubica como mecanismos: de la neurosis la negación, de la perversión la denegación y de la psicosis la forclusión (recusación o preclusión, dependiendo de quien traduzca). De esto deriva ¿qué ocurre con la patología si todos estamos inmersos en ella? Claramente tal concepto deja de tener sentido como criterio de exclusión, en una clara distancia y crítica del discurso psiquiátrico y como elemento de normalización; si la Ley no es universal y sempiterna, no está escrita por la mano de Dios, sino por convención social, entonces pierde su calidad de absoluto y es posible deconstruirla.

El psicoanálisis, lo mismo como epistemología, que como método clínico, es claramente negativista, esto es, a diferencia del positivismo, identifica que la llamada objetividad y distancia del observador con relación a lo observado no puede estar libre de subjetividad, y que el observador siempre incide en lo que observa. Por ello, no sólo se abstiene del diagnóstico (a menudo, cuando debe preparar un reporte clínico, se enfoca más en lo que no halla, por ejemplo, psicosis, que en lo que sí pudiera observar), sino que se vale del llamado silencio analítico, bajo el cual, es el paciente (analizante en términos psicoanalíticos, elemento activo de su propio proceso de cura) quien se encarga, con base en su propio dicho, de su propia deconstrucción.

El psicoanálisis, más que una psicología, es una teoría científica (sí, científica. El debate es tan extenso con relación a si el psicoanálisis es o no una ciencia que, a la manera de Michael Ende, tendremos que decir: “pero esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión”) del inconsciente, por lo que, lejos de tener afanes de normalización, evidencia el propio mecanismo social normalizador (“El deseo es el deseo de El Otro”, dice Lacan) que, si bien es, ya se dijo, inconsciente, es perfectamente cuestionable y deconstruible. Para Freud era indispensable hallar la psicogénesis de la homosexualidad, pero también de las diversas formas de ser hombre o ser mujer (“LA Mujer no existe”, dice Lacan), porque concibe dichos conceptos como más complejos e incluso distintos que la mera genitalidad. También se interesa por la psicogénesis de la propia heterosexualidad (“No hay relación sexual, dice Lacan). De esto se desprende que, más que patologización, existe interés científico por las múltiples formas en que se constituye lo humano.

Freud afirmó “Donde Ello era, Yo debe advenir”, dando lugar a que sea la conciencia quien esclarezca y asuma la pulsión. Esto a su vez nos lleva al llamado Fin del análisis; aunque se dice con razón que la finalidad de éste es el análisis mismo, debe orientarse invariablemente hacia la cura, entendida en su raíz etimológica “curare”, “hacerse cargo”. Dicho con un ejemplo simple, que si se esclarece que la angustia de una persona homosexual deriva de la presión social por enmarcarlo en la normativa heterosexista, entonces tendría que hacerse cargo de su propia homosexualidad, sin depender de una condición clínica y/o genética para justificarla, sino reivindicando su y sólo Su propio deseo, bajo una ética no normativa, asumiéndola, así como a todas las consecuencias que de ello deriven, las cuales también habrán de ser igual y meticulosamente dilucidadas. ¿Existe algo más libertario que esto? Mi opinión personal es una negativa categórica.

Ante el universo de informaciones tan propio de nuestra época, también existe, como en el caso del feminismo, una decisión personal en elegir, de entre un corpus, aquello que se preste para reforzar nuestras propias creencias. Desde luego que hay autores, autoproclamados psicoanalistas que rompiendo con los postulados psicoanalíticos, incurren en diagnósticos y afanes patologizantes-normativos. Sin embargo, como en el caso de las hembristas ¿basta con que se llamen psicoanalistas y que utilicen algunos conceptos del psicoanálisis para que lo sean, aun contraviniendo sus presupuestos básicos? La opinión personal de quien escribe es que no.

Negativista, ya lo dije, la mayor virtud del psicoanálisis estiba menos en lo que afirma (y no es que esto no sea importante), que en lo que pone en entredicho. Como un constructo científico, el psicoanálisis es una lente (una “lenteja”, dice Lacan) que nos sirve para aproximarnos a la reflexión sistemática sobre lo humano. Como ninguna otra, aún las llamadas “duras”, no es una ciencia acabada, sino que se halla en constante diálogo transubjetivo. ¿Acaso existe mayor signo de salud, dinámica, utilidad y vida? De nueva cuenta he de responder negativamente.

De tal suerte, feministas y psicoanalistas, buscamos arrancarnos el epíteto de “nazis”. No buscamos encarnar el estereotipo de la violencia normalizada, sino el de seres pensantes, hablantes, capaces de aportar nuestras propias herramientas en la construcción colectiva de una nueva y mejor humanidad.

6 comentarios:

Oscar dijo...

¿Nazi? Qué fuerte utilizarlo tan a la ligera y sobre todo tan peligroso, para referirse a todo con lo que no estas de acuerdo, o peor aún, a lo que no se entiende y donde no existe un ápice de interés por siquiera, conocer, saber de que van las cosas. Sin embargo, si hay gente que radicaliza y/o confunde el discurso en ambos lados y por ende , la lucha para que este planeta sea un mejor lugar para habitar entre nosotros. Aún y con todo eso, AMÉN por tan sana aclaración para no caer más en la trampas que nos separan y nos confrontan a los unos y los otros. ¡Salud! dicho con toda la extensión de la palabra.

Pablo Gonzalez dijo...

Mi querida y.no olvidada luchadora social, feminista y psicoanalista:

Que grato que propongas tu posición así, me.queda claro que no es necesario justificarse, pues tus acciones per se justifican muy bien tu pensamiento que es congruente con lo que piensas y sientes.

Habría que entender (a aquellos que denostan al psicoanálisis) que desde donde lanzan sus comentarios, desde el amo? Desde la histerica? Me parece que no tienen claro desde donde. No conocen su función desde este intrincado juego de posiciones.
El buen Lacan dejo muy bien explicado esas fórmulas que para ellos no tienen valideZ, pero si es más fácil ponerse en S en El papel del amo y no preguntar, ni cuestionar .
Es más fácil en ese sentido de ideas ser Peeñabot...

Istericka dijo...

Hola, querido amigo:

Pues mira, eso es lo interesante; que muchas personas que emiten comentarios a la ligera sobre el psicoanálisis, no son peñabots, sino personas muy inteligentes, críticas y cultas. Más bien me parece que es tema de paradigma, como si para existir uno, sería necesario denostar el otro o ignorarlo. Mis preguntas básicas serían ¿Es necesario? ¿Por qué en vez de dividir no multiplicamos? Me parece que la diferencia es un simple signo, la forma en que se conectan las proposiciones.

Te envío abrazos enormes

Pablo Gonzalez dijo...

fijate que me quite un estigma de los Psiquiatras, ademas de mi estimado y multiconocido Dr. Alejandro Diaz Martinez, que fue mi terapeuta, conoci a una joven Dra Psiquiatra que tiene una idea y concepcion del psicoanalisis muy interesante, es lo que ahora les enseñan. Que no estan separados, que son completamente complementarios.

Retomo tu idea de cambiar el signo y sumarme contigo a esta mejora a esta propuesta sobre el conocimiento del psicoanalisis.

#cambiemoselsigno!!!!!!!

Istericka dijo...

Querido amigo Óscar:

Como siempre, eres certero. ¡¡Qué peligro tan grande resulta de etiquetar a la ligera!! Las palabras tienen peso: hay palabras flor, palabras daga, palabras fuego y palabras de una niebla tan perturbadora que conducen al naufragio. Afortunadamente hay también palabras luz y tú eres un faro.

Nos vemos pronto

Istericka dijo...

Me da mucho gusto saber que hay otras formas de hacer psiquiatría, porque la clásica resulta nefasta y genera merecidas críticas que se endosan sin razón al psicoanálisis. No tengo claro cómo puede funcionar esa nueva psiquiatría, pero será mi chamba averiguarlo.

Te envío abrazos