domingo, 29 de mayo de 2016

ENTRE “FEMINAZIS” Y “PSICOANALINAZIS”


Con cierta regularidad leo en redes sociales, opiniones en que se utiliza la expresión, que no puedo menos que calificar de absurda, “Feminazis”. ¿Qué relación puede existir entre un movimiento como el feminismo que, al menos desde la época de la Ilustración, ha pugnado por reivindicar para las mujeres derechos tan básicos como la educación o el sufragio; que se propone además una reflexión profunda sobre el papel que las sociedades, particularmente, occidentales y occidentalizadas, han impuesto a las mujeres, en claras condiciones de inequidad (de ahí que no pueda llamarse “Igualitarismo”, como algunos proponen. Es feminismo porque la balanza claramente se halla aun inclinada en contra de las mujeres) para generar contrapesos que permitan la paridad entre géneros, entre este movimiento dialéctico por antonomasia y una ideología patriarcal, vertical, impositiva y asesina, que destaca como gran cualidad de “la mujer aria”, su lugar “natural” de madre y esposa procreadora? Absolutamente ninguna.

—Se les llama feminazis— Responde alguien en las propias redes, —a las mujeres que llevan al extremo el feminismo, que cometen actos vandálicos y que pretenden que las mujeres dominen sobre los hombres—. Ante esta respuesta, se me ocurre a la vez contra-argumentar ¿qué entendemos por “actos vandálicos”?, ¿Qué sería más nocivo, por ejemplo, entre “vandalizar” el antimonumento ubicado sobre Paseo de la Reforma, que conmemora la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, con pintas como “somos más de 43” o “Yo no soy 43” y la propia omisión implícita en el hecho de que, ante la desaparición de 43 estudiantes normalistas, se realice todo un movimiento (que aplaudo y al que me sumo, desde luego, y prueba de ello es que en mi perfil de Fb, el logo de los 43 se mantiene casi desde aquel día funesto de septiembre de 2014), pero las constantes desapariciones de cientos y miles de mujeres, a lo largo y ancho de la República Mexicana no generen más que una nota esporádica que se pierde entre las alzas del dólar y anuncios de contingencia ambiental? Más aún; si se dice que el feminismo promueve la reflexión sobre las relaciones de poder entre mujeres y hombres, con el fin de alcanzar la equidad ¿Puede alguien que, atentando contra el concepto de equidad, busca imponer una supuesta supremacía de las mujeres sobre los varones, llamarse feminista? Me parece que la respuesta es claramente no. Más aún; si lo que dichas mujeres proponen no es más que un hembrismo ¿Por qué mejor no acuñar el término “hembrinazi”, más cercano quizás al de “machinazi”, más no equivalente, porque a diferencia de estos, las hembrinazis no violan, torturan, asesinan ni desaparecen a sus víctimas, además de que no existe para ellas, como para ellos, un aparato social y jurídico que minimice dichas acciones, que las naturalice y que promueva su impunidad? Pareciera entonces, que la expresión “feminazi” se usa para designar a “la otra”, “la que no es como yo” y con la que no puedo empatizar (ya lo dijo de Beauvoir).

Cierto es que existen, como en todo movimiento, feministas (o pseudo feministas) más violentas que otras, más enojadas y más “radicales” (entrecomillo porque dicho adjetivo se emplea como un peyorativo sinónimo de violentas, cuando en realidad refiere a “las que van a la raíz” y en este sentido, ojalá todas, todos y todes fuéramos más radicales ante problemas fundamentales), pero como no soy partidaria de la generación espontánea, me pregunto ¿de dónde viene ese enojo? ¿De dónde esa violencia? ¿Tendríamos, a la manera de la psiquiatría, que atribuirle un origen clínico? ¿Habría que buscar el “gen hembrinazi”? ¿Recurrir a la frenología? ¿Acuñar para el DSM VII el Trastorno por Hembrismo Recurrente, THR, prescribiendo la respectiva pastillita fabricada por los más prestigiosos laboratorios gringos?

Quien observa los movimientos feministas, claramente elige tomar partido basándose en criterios para nada aleatorios. Así, quien durante una manifestación de cientos de mujeres que marchan pacíficamente en pro de una reivindicación específica, prefiere ver y tomar como representativa de todo el acto, la acción de 5 o 10 mujeres insultando a un hombre o rayando el antimonumento de los 43, claramente está tomando una postura ideológico-política afín con su criterio y subjetividad; criterio y subjetividad que surgen de una resistencia consciente (o inconsciente, para entrar en tema del psicoanálisis) ante lo que el feminismo les evoca. En muchas ocasiones, quienes critican lo hacen sin contexto, sin conocimiento de causa, sin haber leído lo que el feminismo propone y, en caso de haberlo leído, hacerlo más para refutar que para comprender.

De tal suerte, resulta que el enojo y la frustración que muchas feministas experimentan y que en algunos (y sólo en algunos) casos se traduce en actos violentos, derivan de la hostilidad con que son recibidas sus demandas. Derivan de esa resistencia consciente o inconsciente que otros tienen para escucharlas y por ende, justo de ese sistema que hace imposible el hembrinazismo como paradigma, pero viable y operante al machinazismo. Proviene del no tener siquiera un antimonumento en Paseo de la Reforma. Proviene de la inexistencia de un movimiento nacional en pro de las mujeres desaparecidas y violentadas, como lo hay de los 43 normalistas. No es estar contra lo otro, sino simplemente denunciar que lo otro (y el Otro) no está a nuestro favor; con nosotras y nuestras muertas. ¿Quién asestaría entonces el primer golpe y qué respuesta se espera ante quien no escucha, sino que se le hable con más fuerza?

En el título de la presente reflexión, me permití acuñar el término “psicoanalinazi”, a riesgo de incurrir en un absurdo como el ya señalado y, como habré de exponer, sin que exista ninguna relación entre los vocablos puestos en forzadísima relación, debido a que, durante mucho tiempo he venido leyendo, también fundamentalmente en redes sociales, diversas expresiones francamente hostiles contra el psicoanálisis. Si éstas tuvieran fundamento, serían excelentes oportunidades para la autocrítica y de hecho, no son pocas las veces que en lo personal, leyendo a otras personas, me cuestiono mis propias ideas y me siento enriquecida por ello. Sin embargo, tristemente veo que, como en el caso del feminismo, el psicoanálisis es objeto de críticas infundadas, derivadas, tanto de la opinión desinformada, como de lecturas someras que no tienen más objeto que la refutación a priori. En más de una ocasión, leer una opinión desinformada o descontextualizada sobre el psicoanálisis, me ha llevado a participar en las conversaciones desde la contra-argumentación, generando con ello molestia o indiferencia, pero muy rara vez diálogo y retroalimentación. Mi sensación es la de la niña que, viendo a otros jugar, saca entusiasta sus juguetes, pero no puede sumarse al juego, porque los suyos no son artículos de la marca de moda o a la que se le dice: “Tú no juegas. Esto es cosa de hombres”. Ante esto, en repetidas ocasiones me pregunto ¿qué es lo que debería hacer? ¿Simplemente renunciar, buscar espacios y personas que compartan las mismas inquietudes y restringirme exclusivamente a estos vínculos? ¿Sumarme a un gueto para no incomodar?

Feminista y activista comprendo, sin embargo, que lo que no se nombra no existe y lo que no se debate se tiene como verdad. Entre las personas a las que pude haber incomodado, se hallan algunas que me resultan brillantes, admirables, entrañables y de quienes sería una pena simplemente tomar distancia. Por otra parte, estoy convencida de que, pese a su prejuicio, el psicoanálisis es una herramienta invaluable para pensar los graves problemas que a eses mismas personas les preocupan. Considero entonces que vale la pena combatir con diálogo el estigma, argumentar y proponer; hablar a riesgo de no ser escuchada y seguir hablando so pena de ser tenida por terrorista.

Entre los mitos que más se esgrimen contra el psicoanálisis, está su supuesta tendencia a la patologización. Se olvida (y a menudo se ignora) que en sus “Estudios sobre la Histeria”, en coautoría con Breuer, Freud establece que la histeria no tiene origen en el útero, esto es, orgánico, sino en la represión, entendida esta como un mecanismo de defensa con relación a la castración; un origen psíquico anclado en lo social para un padecimiento somático, pero que además proviene de la ya citada represión, la cual, según Freud, es constituyente de la cultura. Freud desde sus inicios, contraviene la idea de que la histeria es un padecimiento exclusivo de las mujeres y deja a saber que, si las mujeres son más propensas a la histeria, es precisamente porque se ven más compelidas a la represión.

Siguiendo este mismo orden de ideas, si Freud pone en tela de juicio el origen orgánico y neurológico de diversas supuestas enfermedades, pone también en entredicho el propio concepto de patología. Freud propone, ya lo dijimos, a la castración (la falta) como el momento constituyente de la cultura y a las estructuras psíquicas, no como meras categorías clínicas o patologías, sino como epistemologías, esto es, formas de relacionarse con el mundo. Así, todes y cada une de les seres humanes nos podemos ubicar, ya en la neurosis, en la perversión o en la psicosis, dependiendo de nuestra relación con la castración (Lacan, en su retorno a Freud ubica como mecanismos: de la neurosis la negación, de la perversión la denegación y de la psicosis la forclusión (recusación o preclusión, dependiendo de quien traduzca). De esto deriva ¿qué ocurre con la patología si todos estamos inmersos en ella? Claramente tal concepto deja de tener sentido como criterio de exclusión, en una clara distancia y crítica del discurso psiquiátrico y como elemento de normalización; si la Ley no es universal y sempiterna, no está escrita por la mano de Dios, sino por convención social, entonces pierde su calidad de absoluto y es posible deconstruirla.

El psicoanálisis, lo mismo como epistemología, que como método clínico, es claramente negativista, esto es, a diferencia del positivismo, identifica que la llamada objetividad y distancia del observador con relación a lo observado no puede estar libre de subjetividad, y que el observador siempre incide en lo que observa. Por ello, no sólo se abstiene del diagnóstico (a menudo, cuando debe preparar un reporte clínico, se enfoca más en lo que no halla, por ejemplo, psicosis, que en lo que sí pudiera observar), sino que se vale del llamado silencio analítico, bajo el cual, es el paciente (analizante en términos psicoanalíticos, elemento activo de su propio proceso de cura) quien se encarga, con base en su propio dicho, de su propia deconstrucción.

El psicoanálisis, más que una psicología, es una teoría científica (sí, científica. El debate es tan extenso con relación a si el psicoanálisis es o no una ciencia que, a la manera de Michael Ende, tendremos que decir: “pero esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión”) del inconsciente, por lo que, lejos de tener afanes de normalización, evidencia el propio mecanismo social normalizador (“El deseo es el deseo de El Otro”, dice Lacan) que, si bien es, ya se dijo, inconsciente, es perfectamente cuestionable y deconstruible. Para Freud era indispensable hallar la psicogénesis de la homosexualidad, pero también de las diversas formas de ser hombre o ser mujer (“LA Mujer no existe”, dice Lacan), porque concibe dichos conceptos como más complejos e incluso distintos que la mera genitalidad. También se interesa por la psicogénesis de la propia heterosexualidad (“No hay relación sexual, dice Lacan). De esto se desprende que, más que patologización, existe interés científico por las múltiples formas en que se constituye lo humano.

Freud afirmó “Donde Ello era, Yo debe advenir”, dando lugar a que sea la conciencia quien esclarezca y asuma la pulsión. Esto a su vez nos lleva al llamado Fin del análisis; aunque se dice con razón que la finalidad de éste es el análisis mismo, debe orientarse invariablemente hacia la cura, entendida en su raíz etimológica “curare”, “hacerse cargo”. Dicho con un ejemplo simple, que si se esclarece que la angustia de una persona homosexual deriva de la presión social por enmarcarlo en la normativa heterosexista, entonces tendría que hacerse cargo de su propia homosexualidad, sin depender de una condición clínica y/o genética para justificarla, sino reivindicando su y sólo Su propio deseo, bajo una ética no normativa, asumiéndola, así como a todas las consecuencias que de ello deriven, las cuales también habrán de ser igual y meticulosamente dilucidadas. ¿Existe algo más libertario que esto? Mi opinión personal es una negativa categórica.

Ante el universo de informaciones tan propio de nuestra época, también existe, como en el caso del feminismo, una decisión personal en elegir, de entre un corpus, aquello que se preste para reforzar nuestras propias creencias. Desde luego que hay autores, autoproclamados psicoanalistas que rompiendo con los postulados psicoanalíticos, incurren en diagnósticos y afanes patologizantes-normativos. Sin embargo, como en el caso de las hembristas ¿basta con que se llamen psicoanalistas y que utilicen algunos conceptos del psicoanálisis para que lo sean, aun contraviniendo sus presupuestos básicos? La opinión personal de quien escribe es que no.

Negativista, ya lo dije, la mayor virtud del psicoanálisis estiba menos en lo que afirma (y no es que esto no sea importante), que en lo que pone en entredicho. Como un constructo científico, el psicoanálisis es una lente (una “lenteja”, dice Lacan) que nos sirve para aproximarnos a la reflexión sistemática sobre lo humano. Como ninguna otra, aún las llamadas “duras”, no es una ciencia acabada, sino que se halla en constante diálogo transubjetivo. ¿Acaso existe mayor signo de salud, dinámica, utilidad y vida? De nueva cuenta he de responder negativamente.

De tal suerte, feministas y psicoanalistas, buscamos arrancarnos el epíteto de “nazis”. No buscamos encarnar el estereotipo de la violencia normalizada, sino el de seres pensantes, hablantes, capaces de aportar nuestras propias herramientas en la construcción colectiva de una nueva y mejor humanidad.

jueves, 19 de marzo de 2015

¿Te ha pasado en el ISSSTE? El Imperio de los Idiotas


En una mesa redonda sobre Psicoanálisis, impartida en mi adorada Facultad de Psicología de la UNAM, el Dr Carlos Fernández Gaos, señalaba la paradoja de haber trascendido la época de “El malestar de la Cultura”, a lo que hoy podemos identificar como “El Bienestar en la Incultura”. Ni siquiera es necesario asomarnos a la escena de la macropolítica, en la que la estupidez cabalga sobre la silla presidencial, ni detenernos a leer los supuestos lapsus que, funcionarios (la más de las veces, de magro nivel, pero incluso de los más altos) regodeantes en la más supina idiotez publican sandeces en sus redes sociales, con la vana y pendeja esperanza de convertirse en trending topic y, si acaso fuera posible, ganarse el mote de “ladypendejamásgrandedelejido”.

La idiotez inconmensurable que quiero aquí denunciar es mucho más cotidiana, más de a pie, pero ni por mucho, menos sutil. La vivimos todos los días y corremos en consecuencia el riesgo (si no es que lo hemos hecho ya) de acostumbrarnos a ella. Inventamos bromas irónicas y mascullamos inconformidad, pero lo cierto es que esa clase de imbecilidad florece y extiende sus raíces en medio de la complacencia que sólo puede derivar de la pasividad.

El pasado mes de noviembre (de 2014) le diagnosticaron a mi madre, cataratas en ambos ojos y, de acuerdo al procedimiento, era indispensable tramitar una cita en el ISSSTE, a través de la clínica Ignacio Chávez, ubicada en la calle de Oriental #10, colonia Alianza Popular, Tlalpan, para que fuera canalizada al servicio de oftalmología, donde sería valorada de cara a una eventual, más que probable cirugía. El trámite se realizó en tiempo y forma a principios de diciembre y nos dijeron que a mediados o a fines del mismo mes tendríamos respuesta. Acudimos en dicho tiempo y nos dijeron en la ventanilla que aún no estaba listo el trámite, que era normal el retraso, porque el volumen de solicitudes era muy grande y que simplemente había que esperar. Quien escribe comprendió perfectamente la situación y, aunque a nadie le gusta esperar, consideró que era necesario tener paciencia.

Las cosas empezaron a tensarse luego de que en la visita a mediados de enero… y a fines… y a principios, mediados y fines de febrero recibiera idéntica respuesta. Por fin, ya un poco (mucho) desesperada, decidí preguntar a la mujer de la ventanilla (ahora sé que se llama María de los Ángeles Gudiño Morales) con toda franqueza cuál era la situación.

—Disculpe— Dije con toda amabilidad. —Pero no puedo estar viniendo cada semana para hacer fila y preguntar por un trámite que nunca se completa. Yo trabajo ¿sabe? Y necesito desatender mis actividades para venir. Quisiera saber más o menos para cuándo podré tener una respuesta. Dígame por favor ¿15 días? ¿Un mes? ¿3 meses? Sólo dígamelo por favor para tenerlo en cuenta—.

Doña María de los Ángeles, mujer de avanzada edad y aire indolente, se dignó levantar la cara de entre los papeles que fingía (asumo que fingía porque muchas otras personas estaban en la fila compartiendo mi sensación de impotencia) revisar y me dijo:

—Usted puede venir cuando quiera… o no venir. Hacer lo que mejor le parezca, pero la cita no está y no sé cuándo estará—.

De nada valieron mis quejas. La mujer no volvió a levantar la vista ni a dirigirme la palabra.

Acostumbrada como estoy a levantar la voz y hacerme escuchar, a veces de maneras francamente histriónicas, pensé que a lo mejor era necesario tener un poco más de paciencia. ¿O es que acaso no es insensato… imbécil explotar a las primeras de cambio? ¿No es acaso más razonable esperar, tranquilizarse y simplemente actuar con ecuanimidad? La siguiente vez pedí a mi hijo que fuera a realizar el trámite por mí y él con gusto acudió. En lugar de la señora María de los Ángeles se hallaba otra mujer. Al parecer la titular se había enfermado (y seguramente fue muy bien atendida en el ISSSTE) dejando a una improvisada en su lugar. Dicha improvisada le dio a mi hijo la misma respuesta, pero además, se quedó con su comprobante. No acostumbrado a esas situaciones, mi hijo no le dio importancia a la cuestión… hasta que fue necesario volver, al cabo de 15 días más, para saber si ya estaba lista la dichosa cita. En esta ocasión, doña María de los Ángeles Gudiño Morales ya estaba de regreso y lo primero que solicitó fue el mentado comprobante. Cuando mi hijo le dijo que no lo tenía, respondió que necesitaba la clave porque ella no iba a revisar entre el montón de expedientes (como si no fuera su trabajo) hasta encontrar el de mi madre. Mi hijo se ofreció a ayudar, pero la respuesta fue la misma y entonces optó por acudir a la coordinación de la clínica con la esperanza de hallar apoyo y ahí, se encontró cara a cara con una realidad absurda, estúpida, pero desgraciadamente endémica, omnipresente en nuestra sociedad: El coordinador, con esa impotencia que sólo puede ser hija de la incompetencia, simplemente giraba y fingía interesarse en la lluvia de quejas que se volcaban sobre él. Escuchaba gritos, súplicas, razones elocuentes y se limitaba a afirmar que no estaba autorizado para tal y cual cosa.

—Yo tengo 3 años esperando mi cita a cirugía— le dijo una mujer resignada a mi hijo y, cuando él me lo contó, decidí que era un abismo demasiado profundo para fingir que nada pasa, para acostumbrarme a él, para ser una más entre tantas voces que simplemente se pierden en el vacío, en espera de una respuesta que, por simple ego imbécil, por ineptitud y estrechez mental disfrazada de autocomplacencia, no va a llegar jamás.
Por eso escribo esto como primer paso antes de tomar otras acciones. ¿Te ha pasado a ti? ¿Has preferido renunciar que reivindicar tu derecho? ¿Piensas que no hay nada que hacer? Te tengo en consecuencia, como suele decirse, “una buena y otra mala”:

La mala es que tú… Sí, tú, tú, tú, tú los has hecho posibles. Parásitos como esos sólo pueden proliferar frente a la pasividad.

La buena es que tú puedes terminar con ellos y lo único que hace falta es que nos pongamos de acuerdo. Vamos a hacer ruido, vamos a poner una queja al Dr. David Escobedo Herrera. (Él era director de la clínica en 2012), o quien se haya quedado en su lugar, con copia para la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Vamos a buscar espacios en radio, televisión u otros medios solidarios; vamos a organizar un plantón, vamos a generar otros escritos como este y vamos a desnudar la incompetencia. Que todos los vean en su ineptitud. Que sus hijos y nietos digan: A esa que están tachando de imbécil y de negligente ¿eres tú abuelita? Ese que no sabe, no quiere o no puede resolver sus responsabilidades ¿Eres tú, papá?
Quién puede imaginar, o peor aún, tolerar que le tarden una cita para cirugía tres años… ¡¡Tres putos años!! ¿No será acaso que algo muy, pero muy grave se entraña en el hecho de pensarlo como “normal”? ¿No será que hemos perdido algo de vital importancia para nuestra propia dignidad? Hagamos algo, porque esto, como tantas otras cosas que ocurren en el país, simplemente no puede ser normal: El imperio de los idiotas.

martes, 17 de marzo de 2015

HABLEMOS

Hace unos días, mi querida Alÿ Rom preguntaba si la crítica al poder sólo aspiraba a quedarse en el meme o en la broma incómoda. -¿Dónde están los pasos 2, 3, 4... para estructurar la disidencia, para ir más allá?- preguntó, con mucho sentido.
Algunos días después, Carmen Aristegui y su equipo fueron despedidos de MVS por hacer un incómodo, pero brillante trabajo de investigación periodística. Pareciera que uno de esos baluartes: ese paso 1 que daba lugar a los memes (que en realidad, considero, son el paso 2) se ha perdido (al menos de momento), pero no han desaparecido la corrupción, ni el despilfarro, ni el abuso, ni la violencia, ni tantos otros vicios en este país del "Príncipe Pobre" (como atinadamente refiere el video que comparto a continuación). ¿Qué hacer entonces?
El psicoanálisis sostiene que lo reprimido regresa en forma de síntoma y este país no puede más de tantos que tiene. Por ello, considero indispensable que hable el arte, que hable el chiste (tema significativo para Freud), que hable el sentido común, porque además, como dijera el Divo de Juárez: "Lo que se ve no se pregunta". Que hable el rumor, que hable ¿por qué no? Lo que queda de nuestro maltrecho periodismo que, sin embargo tiene aún muchos baluartes. Que hable la sociedad, la prole, la raza, el mexicano (y la mexicana): ese monstruo de mil bocas que no es un tercero anónimo, ni un estereotipo hecho a base de sombrero, gabán y apatía, pero sobre todo, que no nos es ajeno; que no es un "ellos", sino un "nosotros". Nosotras y nosotros somos pues, ese mexican@ tan defenestrado por nosotres mismes. Entonces, pues, seamos nosotres quienes hablemos.
Hablemos pues, sobre conflicto de interés, hablemos sobre Medina Mora, sobre Grupo Higa, sobre corrupción, sobre autoritarismo, sobre Gaviota y un mequetrefe copetón de una miseria ética e intelectual pasmosa; hablemos sobre un corruptísimo PRI que nunca debió volver al poder y de sus títeres que fingen oposición desde sus cómodas curules y prebendas. Hablemos sobre aquellos a quienes les dan oportunísimos infartos (atendidos, dicho sea de paso, en hospitales de lujo) en vísperas de la privatización del petróleo; hablemos sobre violencia, sobre desigualdad, sobre persecución de disidentes, sobre presos políticos, sobre despilfarro, sobre impunidad, sobre irresponsabilidad, sobre el remate infame del patrimonio nacional; hablemos sobre los 200 invitados a la visita oficial a Reino Unido, sobre un avión presidencial que es una bofetada en el rostro de México, hablemos, hablemos y volvamos a hablar sobre todos esos vicios y otros tantos, que han llevado a nuestro país a una situación de profundo desprestigio internacional y malestar interno.
Hablemos, hablemos, hablemos, pues, no sea que, si decidimos una vez más callar, como hemos hecho durante tantos años, si volvemos a lo que Lacan en su célebre "Seminario Sobre la Carta Robada" denominó "Política del avestruz-otro" (Politique de l'autruiche), en que:
“El primero es una mirada que no ve nada... El segundo, de una mirada que ve que la primera no ve nada y se engaña creyendo ver cubierto por ello lo que esconde... ( y ) El tercero, que de esas dos miradas ve que dejan lo que ha de esconderse a descubierto para quien quiera apoderarse de ello...” Este tercero que, habilitado por los otros dos, puede "desplumarle tranquilamente el trasero".
Si volvemos a ello, como decía, no sea que incluso las piedras mismas, hechas síntoma, empiecen a gritar lo que simplemente no puede más reprimirse.

Aquí la liga del prometido video de "El Príncipe Pobre"

https://www.youtube.com/watch?v=l5_yaSe8yeA

sábado, 8 de noviembre de 2014

¡¡VIVOS SE LOS LLEVARON, VIVOS LOS QUEREMOS!!

Siempre será mejor mal-decir, que no decirse. Y es que, algunas cosas que pasan, que vivimos, se corresponden con ese vacío sobre el que Moebius teje su banda de significantes y no podemos enunciar más que la mismísima falta de aquello que perfora nuestro lenguaje por el centro.

La tarde de ayer, Jesús Murillo Karam, abofeteó el rostro de nuestra nación afirmando con lujo de detalles que los 43 normalistas de Ayotzinapa, desaparecidos desde el pasado 26 de septiembre, habían sido asesinados e incinerados casi hasta desaparecer.

Habló de los Guerreros Unidos y de un gobierno local. Habló de su supuesto “propio dolor” por los hechos y tuvo el cinismo de decir que fue una suerte que los militares que se encontraban en la zona no hubieran intervenido, porque la masacre hubiera sido mucho peor.

Desde este pequeño espacio, señor Murillo Karam, con la garganta cerrada, pero la herida y la indignación muy abierta, le quiero decir que no le creo, que no soporto esa pretendida solemnidad con la que usted y su sucio gobierno se limpian la frente y dan gracias a sus perversas deidades porque todo ocurrió mucho antes de la elección de 2015.

¡¡Tal vez recuperemos votos!! ¡¡Tal vez Guerrero vuelva a ser bastión priista!! ¡¡Tal vez regrese la inversión y Peña vuelva a ocupar los primeros lugares en Forbes!! ¡¡Tal vez vuelva a aparecer en las principales portadas mundiales como “el salvador” de México!!

En este escenario perfecto, producto de su “muy exitosa investigación, realizada en un tiempo razonable” se le olvidó el insignificante detalle de que en más de 50 hogares mexicanos, alguien, ese hijo bienamado que representa la ilusión, la alegría y el futuro para una familia toda, ya no volverá a su casa. Se le olvidó entre sus triunfalismos vanos, que hay casi medio centenar de futuros profesores que nunca volverán a pisar un aula. Se le olvida, señor Murillo Karam, nuestro dolor. Se le olvidó que los caídos son carne de nuestra carne y sangre de este, nuestro dolorido México.

Se le olvida que fue el Estado. Se le olvida que la prepotencia dirigió el arma, la corrupción jaló del gatillo y ese monstruoso egoísmo tan propio de las personas de su clase política, avivó el fuego de la pira fúnebre. Se le olvida que fue la impunidad quien arrojó los restos calcinados al río. Se le olvida que aquella fogata en que ardieron nuestro compañeros normalistas, no sólo se avivó con llantas, diesel y carne humana, sino con tarjetas de Soriana, de Monex, con tortas, refrescos, banderitas y gorritas tatuadas con el logo tricolor del deleznable PRI.

Se le olvida, señor Murillo Karam, que usted está haciendo el papel de otro; uno que tiene por costumbre esconderse en los baños de la Ibero cuando los estudiantes lo llaman a cuentas. Uno que prefiere viajar, evadir que enfrentar. Se le olvida que ustedes están sentados a una mesa en la que no fueron invitados y tienen el descaro aun de servirse con la cuchara grande.

Se le olvida, aborrecible señor Murillo Karam, que vivos se los llevaron y vivos los queremos. Se le olvida que el Estado no nos puede devolver despojos cuando lo que se llevó eran personas. Se le olvida que lo que ustedes... ustedes, porque todos ustedes, ustedes ustedes ustedes ustedes ustedes ustedes ustedes ustedes ustedes ustedes ustedes ustedes forman parte, alimentan y se benefician de un sistema que hace estas cosas posibles, lo que USTEDES hicieron no tiene remedio y sin embargo se lo exigimos. ¿Por qué ha de ser nuestra falta? ¿Por qué nuestra sangre? ¿Por qué nuestra pena si de ustedes es el goce?

Deseo con todo el corazón, deleznable señor Murillo Karam que usted y toda su palomilla, sean por siempre señalados con el dedo de la historia y porten por siempre el sanbenito de culpables. Deseo que todos sus nombres sean escritos en las páginas de la ignominia y no haya generación por venir que no los lea sin que se revuelva su estómago, como hoy el mío, de asco y de desprecio. Desearía que usted pudiera sentir en carne propia el dolor de un hijo arrebatado y que alguien se le acerque con la humillación suprema de intentar consolarle con cien mil pinches putos pesos.

Deseo que nada de esto se olvide, deseo que la herida siga abierta, porque en tanto que fluya y el dolor nos lacere, nuestro síntoma se hará palabra y nuestro decir acción. No para siempre, señor Murillo Karam, solía decir nuestro poeta texcocano, No para siempre su podrido sistema en nuestra tierra… tan sólo un poco aquí.

Con todo asco, rabia y profundo desprecio.

miércoles, 28 de mayo de 2014

EL PROGRESO DE MI... ¿PATOLOGÍA?

Aunque me considero una férrea disidente de los discursos que tratan de explicar el comportamiento y a la psique humana desde el punto de vista exclusivo de la neurobiología, quisiera remitirme a la interesantísima e ilustrativa obra de Oliver Sacks, intitulada “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”. En ella, Sacks narra el caso del Doctor P. un brillante profesor de música que, aquejado por un intrigante desorden de supuesto(1) tipo neurológico, tendía a despersonalizar a la gente con quien cotidianamente trataba, teniéndolos por “cosas”, como a su propia mujer a quien en efecto, trató alguna vez de colocársela como un sombrero y personalizaba objetos inanimados, saludándolos e incluso atribuyéndoles la tremenda descortesía de no devolver el saludo.

En cierta ocasión, mientras Sacks visitaba a P. intrigado ante sus extraordinarios síntomas, tuvo ocasión de conocer otra de sus facetas; en los muros de la casa de P. yacía una considerable cantidad de pinturas, tan intrigantes, que decidió preguntar al respecto a la esposa de P. y entonces… Mejor dejemos que nos lo narre el propio Sacks:

“—Sí —dijo la señora P. — era un pintor de grandes dotes además de cantante. La Escuela hacía todos los años una exposición de sus cuadros.

Fui examinándolos lleno de curiosidad, estaban dispuestos por orden cronológico. El primer período era naturalista y realista, la atmósfera y el talante vividos y expresivos, pero delicadamente detallados y concretos. Luego, con los años, iban perdiendo vida, eran menos concretos, menos realistas y naturalistas, mucho más abstractos, y hasta geométricos y cubistas. Por fin, en los últimos cuadros, los lienzos se hacían absurdos, o absurdos para mí... meras masas y líneas de pintura caóticas. Se lo comenté a la señora P.

—¡Ay, ustedes los médicos son todos unos filisteos! —exclamó—. Es que no es capaz de apreciar la evolución artística... de ver que renunció al realismo de su primer período y fue evolucionando hacia el arte abstracto y no representativo.

«No, no es eso», dije para mí (pero me abstuve de decírselo a la pobre señora P.). Había pasado del realismo al arte no representativo y al arte abstracto, ciertamente, pero no era una evolución del artista sino de la patología... evolucionaba hacia una profunda agnosia visual, en la que iba desapareciendo toda capacidad de representación e imaginación, todo sentido de lo concreto, todo sentido de la realidad. Aquella serie de cuadros era una exposición trágica, que no pertenecía al arte sino a la patología.

Y sin embargo, me pregunté, ¿no tendría razón en parte la señora P.? Porque suele haber una lucha y a veces, aun más interesante, una connivencia entre las fuerzas de la patología y las de la creación. Quizás en su período cubista pudiera haberse dado una evolución artística y patológica al mismo tiempo, confabuladas para crear formas originales; ya que, si bien podía ir perdiendo capacidad para lo concreto, iba ganándola en lo abstracto, adquiriendo una mayor sensibilidad hacia todos los elementos estructurales, líneas, límites, contornos: una capacidad casi picassiana para ver, y representar también, esas organizaciones abstractas incrustadas, y normalmente perdidas, en lo concreto... Aunque en los últimos cuadros sólo hubiese, en mi opinión, agnosia y caos”.

¿Por qué reproduzco aquí esta historia? Sucede que el día de ayer, durante mi sesión analítica, aludí a este mismo blog y al hacerlo, recordé la razón por la que había sido creado: la idea, según yo, era exorcizar un demonio, procesar un duelo que en ese momento me quemaba las entrañas y me llenaba de un dolor tan intenso, que no había aire, no había voz, no había palabras suficientes para, ya no digamos narrarlo, sino ni siquiera sollozar. Pensaba entonces que, con la fuerza de mis dedos, lograría transcribir aquel patógeno hasta conjurarlo y así liberarme de él. Sin embargo, al cabo de un tiempo me di cuenta de que los contenidos empezaban a cambiar; de pronto había intereses políticos, o artísticos o, como ha sucedido más recientemente, clínicos y analíticos. Fue entonces que recordé el texto de Sacks y haciendo una analogía pensé: ¿Será acaso que el blog de Istericka es también una cuenta cronológica de mi patología? ¿Será acaso, por decirlo en términos que resulten más congruentes con la forma en que lo pienso, que este blog retrata el devenir, después de un intenso punto de ruptura (lo patológico) que me llevó a la anormalidad, para crear una nueva (favor de ver “Sobre “Lo Normal y lo Patológico”” en la entrada previa) normatividad? Salí pues, del consultorio de mi analista con la idea de revisar este desarrollo, cosa que hice con cierto detenimiento. Llegué pues, a ciertas conclusiones, reflexioné y encontré sentido. No describiré aquí lo que pude ver, en primera, porque para eso tengo facebook ¿o es que no es ese el lugar común en que todas y todos arrojamos nuestros síntomas? En segunda porque, revisando el índice de lecturas sobre cada post, puedo inferir que este texto será casi privado y, en todo caso, si he de repetir para mí misma mis hallazgos, prefiero hacerlo a la comodidad del diván. En tercer lugar, porque la evidencia salta a la vista y en el dudoso caso de encontrar a alguien a quien interese saber cómo y hacia dónde se ha desarrollado mi patología personal, entonces no hace falta más que echar un vistazo retrospectivo a cada publicación. Esta omisión deliberada constituye, desde luego, una expresión de respeto hacia ti, querida o querido lector, pues, aunque especies animales como las aves regurgitan para alimentar a sus crías, me parece que en este contexto, lo mejor es que cada quien mastique su propio alimento, en compañía preferentemente de un o una profesional, pero eso sí, invariablemente con sus propios dientes.

(1) Digo "supuesto tipo neurológico", porque a pesar de que Sacks especula sobre "un proceso degenerativo o tumor enorme en las zonas visuales del cerebro", no nos aporta ningún tipo de seguimiento que aporte validez a este diagnóstico. Además, algo que es apreciable a lo largo de todos los casos clínicos de "El hombre que confundió a su mujer con un sombrero", es la reflexión sobre qué tanto, incluso los trastornos que tienen una clara asociación con desórdenes neurológicos, se hallan condicionados exclusivamente por estos. Este tema deja para muchísimo. Valdría sin duda la pena hacer un texto especifico que reflexione sobre el particular, pero como dijera Michael Ende en una de sus más conocidas obras: "Esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión".

lunes, 26 de mayo de 2014

SOBRE “LO NORMAL Y LO PATOLÓGICO”

"Papá dijo: este niño no es normal; será mejor llevarlo al hospital".

Leyendo Una teoría sexual de Sigmund Freud, encontré la siguiente nota: “En sentido psicoanalítico es también, por lo tanto, un problema necesitado de aclaración el interés sexual exclusivo del hombre por la mujer y no tan sólo algo natural, basado últimamente en la atracción química ”. Más adelante, Freud asegura que la elección de objeto sexual para cada individuo es, en efecto, una elección, lo cual lleva implícito, el que constituye un acto distinto a la mera programación fisiológica y que ocurre en un espacio temporal de la vida del sujeto, que según el propio Freud, corresponde con la pubertad y depende de varios factores que acepta, aun le resultan desconocidos, pero que sin duda tienen su origen en la interacción del individuo con su medio ambiente.

Nuestro genial maestro era un hombre convencido de la postura epistemológica que propone que en el acto de conocer, sujeto y objeto sostienen una relación dialéctica en la que quien conoce modifica al objeto que es conocido y a su vez es modificado por él, de tal suerte que uno y otro, irremediablemente, ya no son los mismos. En este contexto, resulta de particular interés la nota citada, pues la idea común es que son las relaciones erótico-afectivas no heterosexuales las que deben hallar una justificación, ya sea biológica o en el campo de las taxonomías psicoclínicas, para su propia existencia. Para Freud, también aplica a la heterosexualidad la clásica pregunta “¿El homosexual nace o se hace?” y con ello nos introduce de lleno, de acuerdo a su costumbre, en la reflexión crítica de ideas y situaciones tan ampliamente difundidas y aceptadas, que parecen resultar inamovibles.

En el mismo texto, Freud se refiere a la elección de objeto de tipo heterosexual como normal, mientras que se refiere a la homosexualidad en términos de inversión. Sin embargo, también argumenta que, pese a que la elección de objeto “invertida” se encuentra fuera de la norma, y es por tanto anormal, no necesariamente es patológica. Nos abstendremos de ofrecer más detalles sobre este texto freudiano, a fin de ceñirnos al objetivo central del presente trabajo, no obstante, aludirlo de la forma en que lo hemos hecho, representa una clara ilustración del tema que pretendemos desarrollar. Si lo normal requiere asimismo, argumentar su génesis y su desarrollo de la misma manera que lo anormal ¿entonces cuál es la diferencia sustancial entre ambos? Canguilhem sostiene en su obra Lo Normal y lo patológico, que el término “normal” corresponde con aquello que se encuentra dentro de una determinada norma, sea de manera consensual, o de acuerdo con una media estadística respecto a funciones fisiológicas, ideas o comportamientos. Así, por ejemplo, de acuerdo con la OMS, la esperanza de vida promedio en México, rondó en 2012, entre los 73 años para hombres y 79 para mujeres . Si pensamos en dos hipotéticos individuos varones, de los cuáles, el primero fallece a los 50 y el segundo a los 96, podemos corroborar que se cumple la norma estadística, pero al revisar cada caso por separado, nos daremos cuenta de que ambos sujetos se alejaron de manera contundente de ella. Bajo tales circunstancias, podríamos con Canguilhem reflexionar respecto a lo falaz y relativo que resulta el término de lo normal, producto de la media estadística para representar a la realidad. El Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI) nos aporta otro dato interesante, pues asegura que en 1930 la esperanza de vida para los mexicanos era de 34 años . Tras considerar esto, podríamos afirmar que, aún cuando su muerte ocurriera a una edad prematura de acuerdo con la norma actual, nuestro hipotético personaje que falleció a los 50 años, constituye un gran progreso con relación a la década de los 30 del siglo pasado. Es claro que lo normal también está sujeto a época y latitud, pero además esto nos lleva a considerar que, morir a los 50 años es tan anormal en nuestra época, como lo era en 1930, sin embargo, aunque en 2014 podríamos pensar que la muerte a los 50 guarda estrecha relación con la patología, en 1934 podría considerarse de un modo totalmente opuesto. Un análisis de las condiciones de vida de un sujeto que logró vivir hasta los 50 años en la década de los 30, arrojaría interesantes datos respecto a las condiciones que le permitieron alcanzar un periodo de vida superior a lo esperado. Este sujeto, en su supuesta anormalidad, habría tenido la cualidad de generar una normatividad propia, es decir, una relación con el medio ambiente distinta y que representa un claro progreso adaptativo-evolutivo. Al tachar de supuesta la anormalidad de nuestro sujeto, hago eco de Canguilhem cuando asegura que lo que parece anormal desde una perspectiva, puede ser totalmente normal desde otra óptica y es que, muy probablemente las condiciones de vida, sean socioeconómicas, genéticas o alimenticias de nuestros personajes puedan explicar fehacientemente las razones que les llevaron a vivir hasta los 50 años, lo mismo para el caso de quien habría vivido en los años 30, que para quien habría sido nuestro contemporáneo. Esto nos permite a su vez inferir que cada uno de estos sujetos, habría sido capaz de generar una relación con el medio ambiente, a su modo, normal, que explica un anormal periodo de vida. Según Canguilhem, “el enfermo no es anormal por ausencia de norma, sino por incapacidad para ser normativo”. Con ello hace referencia a la capacidad de los seres vivos, pero específicamente de los seres humanos, para generar nuevas normatividades a través de innovadoras formas de interacción con el medio ambiente dentro de un contexto de salud, así como de la incapacidad respecto a esta misma innovación, condicionada por la enfermedad.

A estas alturas parece ya muy claro que, ni siquiera en el campo de lo fisiológico, normal y patológico son antónimos. Nada nos permite suponer, por tanto, que lo que desde una determinada óptica nos aparece como anormal, lo sea intrínsecamente. Por tanto la supuesta relación de correspondencia anormal-patológico, comienza sin remedio diluirse. Es más, si retomamos la consideración constructivista, ya antes enunciada de la relación dialéctica sujeto-objeto, tendríamos que pensar que la única forma de establecer una correspondencia salud-normalidad rigurosa, seria a través de sujetos dotados de una constitución genética idéntica, que fueran criados bajo condiciones idénticas de relación con idéntico medio ambiente, lo cual es por lo menos hasta el día de hoy, sólo posible en la ciencia ficción, como en el caso del Mundo Feliz de Huxley. Existe, desde las estructuras del poder en nuestras sociedades, una tendencia a imponer un criterio de normalidad, rígido y universal que se busca introyectar desde la célula básica de la sociedad, que es la familia, pero además, esta normalidad se ostenta como única garante de la salud. Vemos en consecuencia, intentos desde las iglesias y grupos conservadores, por presentar e imponer un solo modelo de familia, que es el heterosexual, unido en matrimonio y con hijos, donde además todos son cristianos, preferentemente católicos. En este modelo, los hijos tendrían que recibir cuidados y educación igualmente estandarizados, que les llevarían irremediablemente a replicar dicho modelo único de familia sucesivamente hasta la perpetuidad. Desde luego, esta visión implica el hecho de que, aquello que sale de la norma, lo anormal, sea considerado patológico, delincuencial, digno de segregación, confinamiento en la cárcel o el manicomio y susceptible de una supuesta readaptación que no es sino lo que los psicólogos sociales llaman conformidad. Sin embargo, es la propia realidad, la inercia de una sociedad compleja por antonomasia, la encargada de problematizar en torno al modelo normalizado de familia. Según el propio INEGI, durante el segundo trimestre de 2012, 7 de cada 10 jefas de familia eran solteras, viudas, divorciadas o separadas, mientras que el 94% de los jefes, eran casados o unidos . Aunque este simple dato da para muchas reflexiones, nos centraríamos en el elevado número de familias monoparentales, es decir, que de esa supuesta pareja idealizada que funda una familia, sólo uno de los integrantes, en su mayoría mujeres, se hace cargo de ella. ¿Cómo puede entonces esperarse una tal estandarización del criterio de normalidad para toda una sociedad, si las condiciones de vida son tan heterogéneamente distintas de las que serían indispensables?

Canguilhem señala que los individuos somos capaces, ante un estado patológico, entendido como la discontinuidad en el equilibrio primario, de convertir a la anormalidad en una nueva norma, de constituir una nueva normalidad que no restaura el equilibrio primario, sino que genera otro distinto y es precisamente en este principio, en el que parece encontrarse el meollo del éxito adaptativo desde la óptica evolucionista.

En una entrevista con Eduard Punset, la Dra Louann Brizendine señala que incluso las redes neuronales son susceptibles de modificación y adaptación en función de las eventualidades provistas por el medio ambiente, de forma que, por ejemplo, cuando una persona pierde alguna extremidad, las neuronas involucradas directamente con ésta, son reasignadas hacia nuevas funciones . Es claro que quien ha perdido una extremidad se encuentra fuera de la norma estadística con relación a los demás seres humanos y en el imaginario común, su pérdida constituye un evento patológico. No obstante, esto sólo lo será para el individuo en la medida en que no logre hallar una nueva funcionalidad. Canguilhem señala la imposibilidad de restaurar el equilibrio primario; el equilibrio subsecuente tendrá que ser otro y por tanto, la relación dialéctica entre sujeto anormal y medio ambiente tendrá que ser a su vez, distinta. La afirmación de Brizendine, tiene una importancia capital para el tema que nos ocupa, puesto que pone sobre relieve la posibilidad de modificar lo inmodificable: si las eventualidades del medio ambiente pueden condicionar, no sólo la conducta y la vida psíquica de las personas, sino incluso, su estructura neuronal, entonces lo único que puede afirmarse sobre lo que es normal en los seres humanos, es su capacidad de adaptarse a la anormalidad y construir nuevas normalidades. ¿Qué sería entonces lo patológico, si no la molicie, la rigidez, la incapacidad de ofrecer respuestas distintas ante contextos cambiantes?

Canguilhem retoma a Goldstein quien considera un hecho biológico fundamental el que “la vida no conoce de reversibilidad. Pero si bien no admite restablecimientos, la vida admite en cambio reparaciones que son verdaderamente innovaciones fisiológicas. La mayor o menor reducción de esas posibilidades de innovación mide la gravedad de la enfermedad. En cuanto a la salud, en sentido absoluto, ésta sólo es la indeterminación inicial de la capacidad para instituir nuevas formas biológicas”. Esta idea me remite, desde luego a la consideración psicoanalítica de la neurosis, la psicosis y la perversión, como epistemologías, formas de interacción dialéctica entre el sujeto y el medio ambiente, más que como categorías patológicas y más aun, a la cura que en psicoanálisis consiste, más que en “combatir el mal”, en posibilitar para cada individuo la construcción de una nueva normalidad, una interacción con el medio que resulte más funcional, comprendiendo que una disfunción externa, provoca una anormalidad personal, que no constituye sino un intento de resignificación, de re-signación, entendida ésta como un proceso dinámico y no estático, capaz de superar discontinuidades que son vividas como auténticas fracturas, que de otro modo resultarían insalvables.

Quisiera cerrar el presente ensayo con dos citas más de Lo Normal y lo Patológico, que, desde mi punto de vista, constituyen consideraciones ineludibles para todo profesional de la salud mental: “Aquello que es normal –por ser normativo en condiciones dadas– puede convertirse en patológico en otra situación, si se mantiene idéntico a sí mismo”. Por tanto, “No tenemos derecho a modificar estas constantes : con ello, sólo conseguiríamos crear un nuevo desorden”.

Pudiera parecer estúpida o enferma, bajo un contexto determinado, la actitud de un hombre sentado frente a un trozo de madera y golpeando con los dedos pequeños fragmentos de marfil, pero sin ella y en el contexto idóneo, con toda certeza, el mundo jamás hubiera conocido a Mozart.

lunes, 28 de abril de 2014

REFLEXIONES SOBRE LA PELÍCULA HANNAH ARENDT

Existe en la película una escena en que Hannah Arendt, discutiendo con el filósofo alemán Martin Heidegger, su maestro y amante, le espeta su rechazo ante la aterradora idea de un “Pensamiento apasionado”. Del propio diálogo se desprende que Heidegger pone en tela de juicio la idea de la filosofía clásica (y que se expresa en el Fedro de Platón), de la razón y la pasión como opuestos, donde la razón debe prevalecer sobre y dirigir a la pasión. Por tanto, algo como un pensamiento apasionado, donde ambos confluyen, sin intentos de dominio de uno sobre otro, donde quizás ambos son una misma cosa, se presenta como toda una revolución según la propia película. Esta misma idea nos lleva a poner en tela de juicio muchos, si no es que todos los conceptos y valores ético-morales de la civilización occidental contemporánea. Es el lugar de la paradoja tan bien identificado por el psicoanálisis y sobre el que Lacan abordó cuando explicitó el carácter conjetural de la ciencia psicoanalítica. Vale la pena iniciar este análisis partiendo de una cuestión aparentemente anecdótica dentro de la trama, pero que nos presenta un interesante antecedente con respecto a las motivaciones de Arendt. ¿Por qué, una alumna brillante como Arendt que, en tanto judía y ex reclusa en un campo de detención, ve confrontadas sus más profundas convicciones a partir de las actitudes pro nazis de su gran maestro, sin embargo, decide continuar con él? Surge entonces la cuestión: Si Arendt ama y sigue el pensamiento de Heidegger ¿por qué la expresión de ese mismo pensamiento le confronta tanto? Es claro que por su historia de vida, pero entonces ¿Por qué, si la expresión del pensamiento de Heidegger en un tema de capital importancia es tan diametralmente opuesto al de ella, decide quedarse como discípula, para seguir empapándose de ese mismo pensamiento? ¿Cuál es esa parte de él, de su saber o de la dinámica entre ambos, que hace la diferencia en ella? Pensar; ese diálogo interno entre el yo y el yo mismo, es una labor solitaria, pero, en tanto que humana, no puede menos que verse permeada por la pasión y el deseo: por el Agalma platónico. Aun cuando le parece aterrador, Hannah misma parece moverse a partir de este pensamiento apasionado: desde mi óptica, no queda clara la frontera entre la mujer amante y la brillante discípula. Veo otra expresión de pensamiento apasionado cuando, en mayo de 1960, la policía secreta israelí, violando tratados internacionales en la materia, ingresando previamente de manera ilegal en Argentina, captura sin más a Adolph Eichmann considerándolo un criminal de guerra. Esto me lleva a una nueva cuestión: ¿es posible ejercer justicia a través de la violación explícita de la ley? ¿Cuál sería entonces la esencia de eso que llamamos justicia y ley? ¿Son acaso lo mismo? De nueva cuenta la razón, el afán de justicia no domina a la pasión, expresada en el rencor profundo ante los genocidas, sin embargo, de no haber sido así, de haber recurrido a las instancias legales argentinas e internacionales, lo más probable es que Eichmann, en caso de ser detenido, habría sido extraditado a Alemania y hubiera cumplido una condena benévola, lo cual habría sido, ante los ojos de un mundo aterrorizado por la Shoah, y ante el pueblo israelí, una enorme injusticia e incluso una burla. En este segundo caso, en que Israel hubiera respetado los procedimientos establecidos ¿habríamos hablado de plena justicia? De nuevo nos parece que esa entidad llamada justicia y su “naturaleza”, son demasiado etéreas. Es claro que toda esta maquinaria echada a andar para detener a los líderes nazis que habían logrado escapar a los Juicios de Nüremberg, cumplía afanes políticos, reivindicativos de un pueblo y de una nación. Por ello no puede haber menos que una justicia con sesgo, pues es impensable un juicio imparcial donde el acusado tuviera la mínima posibilidad de salir absuelto. Apreciamos entonces un proceso jurídico plagado de una teatralidad tan clara para Eichmann, que no puede menos que asumir una actitud de enfado y desprecio (lo cual además viene muy bien para los objetivos del juicio) ante los arranques emotivos de los testigos de cargo. No quiero decir con ello que sean actuados, sino que fueron deliberadamente escogidos por la fiscalía: Lo importante no es la declaración en sí misma, sino el efecto psicológico que causa en el jurado una víctima que, sin poder continuar con su declaración, cae al suelo en un arranque de pánico. Eichmann expresa entonces, con sobrada razón, sentirse “como un bistec siendo frito”. Existe a la vez un pensamiento apasionado en Hanna Arendt, quien, habiendo sido víctima del régimen nazi y recluida en el campo de detención de Gurs, durante la llamada “Francia de Vichy”, habiendo sufrido la violencia extrema y habiendo escapado de una muerte segura, se plantea, desde su lugar de filósofa, comprender, dotar de significado a un acto tan irracional como el holocausto (¿puede lograrse tal objetivo desde la mera visión de la filosofía?), lo cual implica, desde luego, indagar en la motivación del otro. Aunque ella se plantea explícitamente abordar la cuestión desde una óptica estrictamente filosófica, como es de suponer, en los hechos no logra evadir sus propias emociones, su pasión personal en la labor, no logra dejar fuera su necesidad de explicarse y resignificar (catarsis en busca de abreacción) tal brutalidad que ella vivió en carne propia, pero paradójicamente, es justo ese lapsus, el que la lleva a contemplar el proceso desde un lugar distinto al de un gobierno, un pueblo judío, orgullosos y empoderados por su recién creado Estado de Israel, con motivos directos para el linchamiento público de Eichmann y una opinión pública internacional influenciada por una ideología que cobró auge sólo a partir del hecho de que Alemania perdiera la guerra ¿Acaso pensaríamos igual sobre el régimen nazi, sobre el holocausto y sus ejecutores si Alemania hubiera vencido? ¿Los nazis habrían sido los héroes y entonces el genocidio habría representado un “daño colateral”, como suele decirse en otros contextos? Arendt sólo a partir de la intromisión de sus propias necesidades emotivas logra formular postulados ajenos a la norma ideológica, genuinamente filosóficos, sobre la esencia del mal y los regímenes totalitarios. ¿Podemos entonces calificar de imparciales sus reflexiones? Desde luego que no, pero tampoco podríamos por ello, juzgarlas como erradas, ni mucho menos restarles mérito. Obviamente, también existe un pensamiento apasionado entre la sociedad judía de Estados Unidos y del propio Israel, al condenar la obra de Arendt y prejuzgarla como una traidora defensora de Eichmann y de los nazis. Existe en la presión ejercida por el Estado israelí al censurar la aparición del libro. Existe, mejor dicho, la intención totalmente consciente, de aprovechar el arranque emotivo que despertaron las reflexiones de Arendt, para desvirtuar la idea de una posible complicidad de los líderes judíos respecto al holocausto. Es importante señalar la confusión, deliberada desde el gobierno israelí, e irreflexiva desde las comunidades judías, que surge entre la aseveración original de Arendt sobre “algunos líderes judíos fueron cómplices” y “(todos) los judíos fueron cómplices”, además de la que existe entre la afirmación “por un motivo u otro fueron cómplices”, lo cual tiene un carácter meramente circunstancial, a la interpretación en el sentido de que tal complicidad fuera deliberada . En este contexto también es importante considerar lo dicho antes de la publicación de los textos, dentro de la editorial del New York Times: “Nuestros lectores no quieren disertaciones filosóficas, sino saber lo que hizo el nazi Eichmann”, lo cual nos remite, además de al tema del circo mediático para satisfacer los afanes sádicos del público, a la reflexión sostenida por Heinrich, esposo de Hannah, en el sentido de pretender juzgar a la historia a través de un solo hombre. ¿Es posible, justa y/o lícita tal empresa? Hablando estrictamente sobre el contenido filosófico de su indagación sobre el juicio de Eichmann, Arendt señala que el objetivo de los campos de concentración consistió en pervertir algunos de los supuestos más importantes de la ética y moral occidental contemporánea: El castigo no requiere delito, la explotación no conlleva retribución, ni el trabajo implica producto, pero además, el mal no es producto del egoísmo, como sería corriente pensar, sino de considerar al otro como superfluo, como No-humano, o peor aún, como humano y sin embargo, totalmente prescindible. Esto nos lleva a pensar que existen otras formas de concebir lo humano y estas formas, pueden tener consenso, entonces ¿existe una naturaleza humana que esté más allá de toda construcción social? ¿Existe una Naturaleza del bien y del mal? Hannah responde a esta última pregunta a través de un binomio interesante al que después considera un error: El mal puede ser banal y radical. Desde mi punto de vista, ella se equivoca al reformular y su propio replanteamiento constituye el efecto emocional (pensamiento apasionado) de la presión social ejercida sobre ella. En efecto, el mal puede ser banal y radical a la vez, y de hecho, justo esa calidad de banal, expresada en las motivaciones del propio Eichmann: “Mi lealtad es mi honor”, “sólo cumplía órdenes”, ”hice un juramento”, “nunca maltraté personalmente a ningún judío”, “las ejecuciones corrían a cargo de otro departamento”, “no tengo, ni tuve jamás nada personal contra los judíos”, le llevan a no sentir responsabilidad ni culpa sobre sus actos en el holocausto. Justo esa banalidad, esa “aterradora normalidad” y mediocridad de un hombre incapaz de pensar por sí mismo, es lo que posibilita la radicalidad del mal. No sólo fue Eichmann, no sólo fue el régimen nazi, ni Hitler; era el zeitgeist, compartido incluso del otro lado del Atlántico, ante una ideología que ofrecía terminar con el comunismo ruso y su creciente expansión por Europa. Prueba de que la negación de este binomio entre banalidad y radicalidad del mal es producto de la emoción de Arendt, es su reflexión en el sentido de que sólo el bien puede ser rotundo y radical, en contraposición a un mal que sólo puede ser extremo. Existe aquí una exaltación del bien en sentido de que sólo en él puede haber completitud, mientras que el mal es incompleto en sí mismo, que corresponde con una forma de pensamiento sujeto a determinados lugar y época, es decir, a la cultura, y ello nos remite a la reflexión inicial: ¿Es que acaso pasión y razón son necesariamente entidades opuestas? ¿Lo son el bien y el mal? ¿Tienen, cada uno de estos conceptos, una Naturaleza propia que además es distinta la una de la otra? Arendt expresa una conclusión que, al menos para ella, dista mucho de ser respuesta; por ello pasa el resto de sus días dedicada al tema del mal, a comprenderlo, en una búsqueda para la que no alcanza, ni siquiera su último aliento. Dirección: Margarethe von Trotta Producción Bettina Bokemper Escrita por Margarethe von Trotta y Pam Katz