lunes, 2 de diciembre de 2013
SOBRE "LAS MENINAS" DE VELÁZQUEZ
A juzgar por la primera impresión que tenemos al ver “Las Meninas”, pareciera que Velázquez está pintando justo el cuadro que estamos observando. Lo que el pintor, la infanta y otros personajes del cuadro están viendo con su mirada fija hacia adelante, es lo mismo que nosotros vemos, como si pintara frente a un espejo. Sin embargo hay un elemento que nos hace dudar ¿qué hace precisamente un espejo al fondo de la habitación, ignorado por todos los personajes, presentándonos una realidad distinta? Frente a Velázquez y los personajes se encuentran nada menos que los reyes de España: Felipe IV y la reina Mariana de Austria. Pareciera así que los pinta a ellos, pero ¿y entonces quién pintó el cuadro donde se plasma a Velázquez pintando a los reyes? ¿Dónde está este hipotético segundo artista colocado, si parece captarlos de frente? ¿Quién está ahí? ¿Velázquez? ¿Los reyes de España? ¡El espectador del cuadro! Indudablemente quien está ahí es quien observa y a la vez es observado por los personajes. Es la razón para quien el cuadro se pinta ¿O es que acaso un cuadro no se pinta para ser observado? Observar en el contexto de un cuadro es en plena forma un ejercicio de poder, pero ¿quién lo ostenta? ¿Velázquez, quien pareciera mirarse, captando los detalles de sí mismo y que enarbola en su mano diestra (acaso siniestra) la herramienta creadora, hacedora de todo que constituye el pincel, mientras con la otra mano sostiene la paleta dotada con la sustancia vital que hace emerger al cuadro de la nada y es capaz, incluso de concebirse a sí misma? ¿Acaso los reyes de España que se nos muestran como un poder difuso, que ocupa el fondo de la habitación en quien nadie repara, pero que parecen acaparar las miradas con una inusitada irrupción? ¿Acaso soy yo, quien observa el cuadro, y se siente perseguida por las miradas atónitas de un grupo de personas que pensarían en mí como una intrusa? ¡Pero si son ellos, quienes con su mirada fija en mi persona me convocan! Somos todos los integrantes del cuadro (porque al mirarlo me siento inevitablemente parte de él, espectadora desde la cuarta pared de un lienzo convertido de pronto en foro teatral), reflejos en un espejo en constante movimiento. Somos, quienes moramos al otro lado de la tela, transposiciones, investidura simbólica de un poder que se despersonaliza, pero que no por ello deja de ser, de desplazarse amo y señor del cuadro. Somos fantasmas, actos fallidos del autor y de los personajes que nos miran. Somos el inconsciente de la infanta que sueña y al soñar nos desentraña. Somos el otro para cada personaje, somos el Otro ante nuestro propio nublado juicio ¡Y nos hablamos! El cuadro nos está representando a través de nuestra propia ausencia. Somos una careta de rey con brazo y mirada de artista. Nos movemos en un eterno juego de espejos que invierte el sentido de lo real al infinito: Invertido-revertido-invertido-revertido-Invertido-revertido… divertido-pervertido. Lo que nos esconde el cuadro que desdeñosamente nos ofrece la espalda, se asemeja al sueño de nuestro propio asesinato, donde el criminal mantiene siempre oculta su faz, entonces Velázquez se nos presenta como un malicioso voyeur, quien conoce una verdad que nunca habrá de develarnos; testigo de un crimen que ha de quedar impune. Con lo que perversamente Velázquez cuenta, es con el principio de falaz reciprocidad: Nosotros somos testigos del acto en que Velázquez atestigua y guarda, pero a diferencia suya, nosotros no tenemos más remedio que callar y observar, como quien mira desde la sombra un acto obsceno a través de la cerradura de una puerta, mientras Velázquez comete su acto de silencio con lujo de luz y claroscuro, haciendo gala de premeditación, alevosía y ventaja. Es nuestro acto recíproco de indiscreción, el significado estable ubicado sobre un significante que constantemente se desplaza y que puede adoptar mil caras.
sábado, 16 de abril de 2011
EL EVANGELIO DE LA PEREGRINA
(PARA TONY GLEZ, A UN AÑO DE SU DOLOROSA PARTIDA)
Istericka 1:1
A veces, aún me sigue sorprendiendo el hecho de no haberlo comprendido antes. Mientras más lo pienso, más me convenzo de que esta idea no es, al menos en su totalidad, producto de alguna pulsión histérica, ni de la superposición de un desenlace estereotípico romántico, sobre una vida, como la tuya, plagada con esos, tus tintes épicos contemporáneos que siempre me llenaron de admiración, de sorpresa y desconcierto. Tenía que haber sabido antes, más por un hecho de lógica pura, que de intuición o nigromancia, que las cosas, que tu vida misma, terminaría de la forma en que finalmente sucedió.
Aquella tarde, luego de la última despedida, regresé como un fantasma, como una criminal furtiva, a la escena de los hechos, para encontrarme con los tiempos idos, con aquel momento que se nos escurrió entre las manos y se desperdigó por el suelo sin remedio, con la contundente imposibilidad para poder cambiar ni una jota, ni una tilde en una Palabra escrita, antes de ti, antes de mí, incluso de los tiempos, híbrida entre sentencia y profecía. Desde mi perspectiva, en lo alto de la colina del parque, a mi izquierda alcancé a divisar, como hace tantos años, primero sólo tu silueta y después, con toda claridad, a ese Jesús de nuestros años de adolescencia. Siempre me he preguntado, aún en mis lejanos días de catecismo ¿cómo sería el primer encuentro entre tu homónimo, el Carpintero de Nazaret, con Sus primeros discípulos, los pescadores de Galilea? Cuando medito sobre ello, me da por pensar que, de algún modo, ellos esperaban Su llegada, tal y como nosotros la tuya, con el espíritu intranquilo, buscando respuestas, buscando un rumbo para nuestras ansias sin nombre, pero también sin coto que pudiera delimitarlas, ni mucho menos contenerlas. Siempre me pareciste precoz, no tanto por tu desparpajo, ni por tus atuendos extravagantes, como por la notable habilidad que tenías, ya desde aquellos tiempos, para pulsar la guitarra que a menudo cargabas sobre tu espalda e improvisar con ella canciones llenas de un ingenio que, he de decir, hoy a la distancia, se me antoja, un tanto pueril, pero que en ese entonces, como ya dije, me parecía de algún modo, adelantado a tu propio tiempo. ¿Cómo puede alguien, como lo hiciste tú en cada momento de tu vida, de forma tan natural y notable, entremezclar, fusionar e integrar la puerilidad de un niño con la precocidad de un visionario? Esa es hoy, la primera de las grandes preguntas sin respuesta que sembraste en mi corazón: el primer misterio. ¿Será que tu presencia en mi vida tuvo algún sentido dictado por una suerte de destino manifiesto? ¿Será que aún espero que un buen día llegue a mí el pentecostés de los presagios, el momento de iluminación sublime que me lleve a predicar alguna forma de evangelio? No lo sé, y he ahí la segunda de mis dudas.
Istericka 1:1
A veces, aún me sigue sorprendiendo el hecho de no haberlo comprendido antes. Mientras más lo pienso, más me convenzo de que esta idea no es, al menos en su totalidad, producto de alguna pulsión histérica, ni de la superposición de un desenlace estereotípico romántico, sobre una vida, como la tuya, plagada con esos, tus tintes épicos contemporáneos que siempre me llenaron de admiración, de sorpresa y desconcierto. Tenía que haber sabido antes, más por un hecho de lógica pura, que de intuición o nigromancia, que las cosas, que tu vida misma, terminaría de la forma en que finalmente sucedió.
Aquella tarde, luego de la última despedida, regresé como un fantasma, como una criminal furtiva, a la escena de los hechos, para encontrarme con los tiempos idos, con aquel momento que se nos escurrió entre las manos y se desperdigó por el suelo sin remedio, con la contundente imposibilidad para poder cambiar ni una jota, ni una tilde en una Palabra escrita, antes de ti, antes de mí, incluso de los tiempos, híbrida entre sentencia y profecía. Desde mi perspectiva, en lo alto de la colina del parque, a mi izquierda alcancé a divisar, como hace tantos años, primero sólo tu silueta y después, con toda claridad, a ese Jesús de nuestros años de adolescencia. Siempre me he preguntado, aún en mis lejanos días de catecismo ¿cómo sería el primer encuentro entre tu homónimo, el Carpintero de Nazaret, con Sus primeros discípulos, los pescadores de Galilea? Cuando medito sobre ello, me da por pensar que, de algún modo, ellos esperaban Su llegada, tal y como nosotros la tuya, con el espíritu intranquilo, buscando respuestas, buscando un rumbo para nuestras ansias sin nombre, pero también sin coto que pudiera delimitarlas, ni mucho menos contenerlas. Siempre me pareciste precoz, no tanto por tu desparpajo, ni por tus atuendos extravagantes, como por la notable habilidad que tenías, ya desde aquellos tiempos, para pulsar la guitarra que a menudo cargabas sobre tu espalda e improvisar con ella canciones llenas de un ingenio que, he de decir, hoy a la distancia, se me antoja, un tanto pueril, pero que en ese entonces, como ya dije, me parecía de algún modo, adelantado a tu propio tiempo. ¿Cómo puede alguien, como lo hiciste tú en cada momento de tu vida, de forma tan natural y notable, entremezclar, fusionar e integrar la puerilidad de un niño con la precocidad de un visionario? Esa es hoy, la primera de las grandes preguntas sin respuesta que sembraste en mi corazón: el primer misterio. ¿Será que tu presencia en mi vida tuvo algún sentido dictado por una suerte de destino manifiesto? ¿Será que aún espero que un buen día llegue a mí el pentecostés de los presagios, el momento de iluminación sublime que me lleve a predicar alguna forma de evangelio? No lo sé, y he ahí la segunda de mis dudas.
jueves, 10 de marzo de 2011
CRÍMENES POR ODIO Y ESTADO DE MÉXICO
Hace unas semanas (ahora que lo pienso, como mes y medio) me invitaron a dar una ponencia sobre feminicidios, crímenes por odio y otros males que aquejan a diversos grupos vulnerabilizados en el Estado de México (Y en el país, de hecho). Aunque preparé el texto para el 14 de febrero, es hasta hoy, dos días después de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, gracias a que, mi muy querida Amiga, Angélica Téllez, me hizo el gran honor de publicarlo en su periódico, que he decidido compartirlo para toda la banda bloguera que me sigue acá (Bueno, a las dos o tres personas que lo hacen. Pá qué me las voy a dar de muy leída jajaja) En realidad no supe como titularlo, así que les dejo este improvisado y arbitrario encabezado.
Saludos y La Lucha sigue:
CRÍMENES POR ODIO Y ESTADO DE MÉXICO
Para comenzar con la presente reflexión, me tomé la libertad de averiguar qué significa la palabra “Odio”. La Real Academia Española la define como: −Antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea−. A leer esta definición, lo primero que me vino a la mente es que ese algo o alguien a quien personal y eventualmente pudiera desearle mal, debería ser responsable de un acto terrible que a mí me hubiera causado un daño o dolor tan atroz, que mi aversión o antipatía estuviera más que justificada. Es decir, en mi ejercicio imaginario por comprender la naturaleza del odio, tendría que haber un motivo de mucho peso. Sobra decir que ese motivo debería ser, forzosamente, muy bien conocido por mí y exhaustivamente sopesado. Es que odiar no es un asunto menor; el odio marca, cambia la vida, duele y se convierte en un poderoso lastre, no sólo para quien lo sufre, sino también, y quizás primordialmente, para quien lo ejerce.
Por desgracia, la realidad es otra; las personas asumimos tan descomunal carga, primero, sin conocer al depositario o depositaria de nuestros odios, segundo, sin tener una idea clara o haber valorado a cabalidad, haciendo uso de nuestro sentido común, sobre el motivo u origen de nuestro odio; es decir, odiamos porque pensamos, suponemos, imaginamos, nos han dicho, etcétera. Pero generalmente no tenemos una certeza. Tercero y más grave, nacemos, crecemos y nos desarrollamos en un medio social que fomenta, ensalza, protege y hasta premia el ejercicio de odiar, en función directamente proporcional con la violencia que somos capaces de ejercer a partir de él.
El ejemplo más claro de que esto ocurre desde nuestros primeros años de vida, se da con el llamado: “bullyng” o acoso escolar que, aunque mediáticamente se presenta como un tema de moda, no es precisamente nuevo. En esta dinámica, que suele iniciarse a temprana edad, se presentan por primera vez en la vida de los individuos, factores que tienenmucho en común con otras formas de aversión y violencia relacionadas con los Crímenes por Odio. En función de esto, no hay ninguna razón para dudar que el bullyng constituya una especie de germen hacia esas otras formas de odio posteriores. Por principio de cuentas, el acosador asume con su conducta, un estatus de poder, de superioridad con relación a las o los otros, fundamentalmente con quien sufre el rol de acosada o acosado. Aunque lo más común es que esto ocurra en función de talla, de fuerza física o habilidad para las peleas, también se da a partir de otras características que confieren al acosado la calidad de “diferente” y con ello, de inferior. La o el acosado es, por lo general, quien pertenece a una etnia minoritaria o “indeseable” dentro de su medio social, es el de clase socioeconómica menor que su entorno; es el gordito, el chaparrito, el “jotito”, la “machorra”, desde luego la “vieja”, el “matadito” y un sinfín de características físicas, de género y/o sociales que le hacen indeseablemente distinto. Esto es muy importante porque, otro factor que tiene en común el bullyng con las formas de crimen y odio que nos ocupan, es que la persona que asume el rol de agresor, suele presentar distorsiones cognitivas que le llevan a una percepción desviada e inconsciente de la realidad, es decir, no importa cuán evidente haya sido la saña de sus actos, el agresor no se considera responsable de ellos, sino que, según su propio criterio, sólo respondió a la provocación o reto que la víctima le infligió con el ejercicio de su diferencia. Desde luego, no presenta remordimientos e incluso considera que con su violencia, ejerce un bien para su sociedad, o un acto de justicia. Esto se ve reforzado, desde luego, con el premio social. El acosador obtiene como recompensa, respeto, admiración y aprobación por parte del resto, lo cual le genera, desde luego, complicidades. De forma paralela y posterior, la imposición de modelos competitivos y excluyentes que se reflejan en rivalidades como:UNAM-Politécnico, Hombres-Mujeres, América-Guadalajara, ricos y pobres, buenos y malos entre muchos otros, son un caldo de cultivo perfecto para seguir alimentando, no sólo la percepción, primero de maniqueísmos excluyentes y después, de la superioridad que ejerce o debería ejercer un grupo sobre otro, sino la idea de que, para que esta superioridad quede plenamente demostrada, es indispensable que el rival sea ampliamente superado,humillado públicamente o preferentemente destruido. Por supuesto, la religión y los medios masivos de comunicación, principalmente la televisión, el radio y algunos medios impresos, tienen una gran responsabilidad en este fomento al odio, con el agravante de que aportan un peligroso ingrediente adicional a la ya, de por sí, explosiva situación y que me he tomado la libertad de llamar: Impersonalidad. ¿Por qué impersonalidad? Bueno, en el contexto del bullyng, sin que ello constituya un atenuante, el agresor conoce personalmente a su víctima y, de hecho, aunque lo excluya en la convivencia, lo identifica como parte de su medio social, pero cuando el odio y la violencia son promovidos desde los púlpitos o desde los medios, la víctima potencial es despojada de su identidad e incluso de su calidad humana. Esto sucede a través de la estigmatización, que no es otra cosa que una marca social que diferencia a las personas que no se apegan a determinadas pautas consideradas como aceptables. Es, por decirlo de algún modo, un confinamiento simbólico, similar a la segregación que vivieron los indígenas americanos con el establecimiento de las colonias inglesas, durante el siglo XVII. El diferente, el minoritario deja de tener presencia simbólica y rostro en un medio social represor, se convierte en parte de “los otros”, “los indeseables”, “ustedes”, “ellos”, como si fuese extirpado de su medio y se olvidara que los diferentes son, somos hermanos, hermanas, madres, padres, hijos, hijas, tíos, amigos, compañeras y compañeros y que ocupamos los mismos espacios que las y los demás. Una vez que hemos tenido en cuenta todo lo anterior, no resulta sorpresivo el hecho de que existan crímenes por odio.
Ya metida en esta dinámica de definir conceptos para aclarar ideas, mi siguiente paso consistió, en consultar con la misma Real Academia Española, el significado de la palabra crimen y me encontré tres definiciones:
1. m. Delito grave.
2. m. Acción indebida o reprensible.
3. m. Acción voluntaria de matar o herir gravemente a alguien.
Estas definiciones me llevaron a pensar que, aunque el asesinato es la más grave, violenta, lamentable e irremediable forma de crimen, no es, ni por mucho, la única. Deseo retomar aquí algunas ideas que ya expuse antes y que destacan el hecho de que, en los crímenes por odio, el motivo suele ser el estigma derivado de un prejuicio, es decir, de un supuesto, generalmente negativo que se considera exclusivo e ineludible para los miembros de una minoría. El criminal por odio, no odia a la persona que violenta, sino que odia lo que esa persona representa con su diferencia, en el imaginario colectivo y que irreflexivamente hace suyo. Lo curioso aquí es que esto deriva en una paradoja, porque, en los casos, muy comunes, por cierto, donde existen prejuiciossobre que las personas bisexuales, lesbianas, homosexuales o trans, son personas degeneradas, viciosas, con rasgos sociópatas,que deben ser segregadas, lo usual es que estas ideas preconcebidas, lleven a los empleadores a rechazarles, lo mismo a compañeros de escuela y trabajo, o a vecinos e incluso a familiares. ¿Resultado? Pues efectivamente las personas de la diversidad sexual se verían obligadas a delinquir, tal vez a estar permanentemente a la defensiva y por ello, reaccionar con violencia ante la menor provocación, o a llevar un modo de vida que resulte indecoroso o degradante. La sociedad es pues, responsable en gran medida, de que las minorías se apeguen a esos estereotipos y todas esas formas de discriminación y coerción, ya son por sí mismas, crímenes por odio. El último eslabón que separa a estas formas de crimen “menor” con enfáticas comillas, del asesinato, consiste en que este bombardeo constante de violencia erosiona y debilita la autoestima de las personas, logrando con ello, colocarles en situaciones de absoluta vulnerabilidad. Es impreciso hablar de grupos vulnerables, pues, dado lo anterior, sería más apropiado hablar de Grupos Vulnerabilizados.
Hablando de Crímenes por Odio en el sentido específico de asesinatos, mucho me ha sorprendido y más he lamentado el saber que, según cifras ofrecidas por la Comisión de Crímenes de Odio por Homofobia, instancia creada en 1998, a raíz del asesinato de Francisco Estrada Valle, conocido activista gay, nuestro país ocupa el deshonrosísimo segundo lugar en América Latina por su alta incidencia de asesinatos a homosexuales sólo por serlo. La misma fuente menciona que en promedio hay 35 asesinatos de este tipo al año. Aunque, esta cifra es indignante y escandalosa, podría, dadas las limitantes que la Comisión tiene para recabar sus datos, ser sólo un pálido esbozo de la realidad, además de que sólo refleja los crímenes contra homosexuales, pero ¿Y qué hay sobre los que se comenten en agravio de indígenas o mujeresu otras supuestas minorías? Los crímenes por odio, más allá de la violencia que constituyen por sí mismos, sobre todo, teniendo en cuenta que en su gran mayoría son ejercidos con extrema saña, reflejando con ello, la necesidad psicológica que los agresores tienen por castigar y destruir esa diferencia que les confronta de manera exacerbada, vienen acompañados de muchas otras formas de odio y discriminación posteriores al asesinato mismo.Vale la pena destacar que las autoridades mexicanas encargadas de las investigaciones criminales, mantienen el criterio de que sólo los familiares de las víctimas, o sus abogados, tienen interés jurídico en las investigaciones penales, y que este interés debe tener apoyo legal; en un país donde las parejas del mismo sexo no están aun legalmente reconocidas, la o el concubino de la persona asesinada, no tiene derecho a involucrarse en la investigación. No es poco común que, ante estos casos, cuando la familia del asesinado decide levantar la denuncia, las autoridades asumen actitudes de burla o de franco desdén y, más aun; invisibilizan el caso colgándole la etiqueta de “Crimen pasional”. Esta invisibilización sistemática, no responde sólo a la homofobia de las autoridades, sino que se convierte en toda una estrategia mediática para no perjudicar la imagen pública de un gobierno o de un gobernante y no frustrar sus aspiraciones políticas.
El caso del Estado de México es paradigmático sobre estas situaciones, pues no es poco conocido el episodio donde el gobernador Enrique Peña Nieto, ignoró reiteradamente las solicitudes de apoyo que le hizo, en 2008 el profesor Agustín Estrada Negrete, al ser despedido de su empleo como director de una escuela para niños con discapacidad, sólo por haber acudido vestido de mujer a un evento político y posteriormente, haber recibido acoso y amenazas e incluso haber sido detenido. El caso, por fortuna tuvo tal resonancia, que en la propia Cámara de Diputados de San Lázaro, en el Distrito Federal, diversos activistas y madres y padres de familia, denunciaron al gobernador del Estado de México y presunto favorito en la próxima contienda presidencial, lo mismo que al gobierno estatal, como homofóbicos.
Más revuelo e indignación aun causan las constantes evasiones y negativas que el gobierno del Estado de México y el propio Peña Nieto, han ejercido sobre el dato publicado el año pasado por la Procuraduría General de Justicia dela entidad, en el sentido de que,entre enero del 2005 y agosto del 2010 se registraron 922 homicidios dolosos de mujeres. Entre los años 2006 y 2008 se registraron 362 feminicidios, y al menos el 52% de los casos no han sido resueltos y añade la documentación de 4 mil 773 denuncias por violación sólo en los últimos 18 meses.Esto y el hecho de que, encuestas realizadas por el INEGI, arrojaron que 61% de las mujeres del propio estado sufrían de violencia ejercida por sus parejas, cuando la media en el resto del país asciende al 41%, llevó a la organización civil denominada: Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos (CMDPDH), a solicitar al Gobierno federal el 8 de diciembre unaDeclaratoria de Alerta de Violencia de Género en el Estado de México. Lamentables han sido las declaraciones de Peña Nieto en el sentido de pedir no politizar estos datos, en una clara actitud electorera y más desafortunadas todavía, las del procurador del estado, Alfredo Castillo quien incluyó en su informe entregado al Congreso local y avalado por Peña Nieto, comentariostales como que las mujeres tienen la culpa de que las maten, debido a que salen de noche solas, se visten provocativamente o entablan amistad con personas desconocidas, mostrando con ello, prejuicios medievales, incompetencia desmedida e insensibilidad exacerbada de quien aspira dirigir a nuestro país el próximo sexenio.
Los Crímenes por Odio, sólo van a detenerse cuando, como sociedad, seamos capaces de desterrar a todos los vicios derivados de la impersonalidad, del prejuicio, cuando hagamos una profunda reflexión y la ineludible reforma educativa, ética y social que nos permita transformar nuestras relaciones de poder y competitividad feroz, en dinámicas basadas en la cooperación y en la premisa de Ganar-Ganar. Los Crímenes por Odio, sólo podrán finalizar cuando devolvamos a los grupos vulnerabilizados, el lugar que les corresponde en nuestra sociedad, cuando nosotras y nosotros mismos dejemos de asumirnos víctimas pasivas y seamos capaces de reivindicarnos, de generar equidad y reforzar nuestro propio empoderamiento, cuando no sea el prejuicio o la conveniencia de los políticos en turno un factor que solape la impunidad. Este no es un proceso que se pueda realizar de un día para otro; es una lucha larga, ardua, constante. Sin embargo, una excelente forma de iniciar y que daría una clara señal sobre la sinceridad y el compromiso de nuestros gobernantes y candidatos para resolver firme y favorablemente, los problemas que aquejan a la ciudadanía, sería promover las reformas legales que permitan reconocer la existencia de los Crímenes por Odio, tipificarlos como agravantes en los casos de violencia y/o asesinatos en contra de algún miembro de una minoría sólo por pertenecer a ella, capacitar y sensibilizar a las instancias investigadoras, a fin de liberarlas de prejuicios y que desarrollen su labor en pleno apego a derecho. Desde luego, estas reformas legales deben también legitimar procesalmente a las asociaciones civiles y ONG’s interesadas en dar seguimiento judicial a los casos de asesinatos por odio, para que puedan ser coadyuvantes del ministerio público, en el entendido de que la víctima pertenecía a una colectividad diferenciada, y que por ello fue victimizada.Es más, estas reformas, deberían y deben ir en sentido de respetar la ciudadanía de todos y todas por igual, reconociendo el matrimonio y concubinato en las parejas del mismo sexo a nivel federal y en cada uno de los estados. En pocas palabras, necesitamos recuperar, de forma integral, nuestra condición de ciudadanía. Nuestra ciudadanía y nuestros derechos humanos no son capital político de nadie. Son nuestros, irrenunciables y exigibles a toda costa.
Besos y Abraxos.
Saludos y La Lucha sigue:
CRÍMENES POR ODIO Y ESTADO DE MÉXICO
Para comenzar con la presente reflexión, me tomé la libertad de averiguar qué significa la palabra “Odio”. La Real Academia Española la define como: −Antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea−. A leer esta definición, lo primero que me vino a la mente es que ese algo o alguien a quien personal y eventualmente pudiera desearle mal, debería ser responsable de un acto terrible que a mí me hubiera causado un daño o dolor tan atroz, que mi aversión o antipatía estuviera más que justificada. Es decir, en mi ejercicio imaginario por comprender la naturaleza del odio, tendría que haber un motivo de mucho peso. Sobra decir que ese motivo debería ser, forzosamente, muy bien conocido por mí y exhaustivamente sopesado. Es que odiar no es un asunto menor; el odio marca, cambia la vida, duele y se convierte en un poderoso lastre, no sólo para quien lo sufre, sino también, y quizás primordialmente, para quien lo ejerce.
Por desgracia, la realidad es otra; las personas asumimos tan descomunal carga, primero, sin conocer al depositario o depositaria de nuestros odios, segundo, sin tener una idea clara o haber valorado a cabalidad, haciendo uso de nuestro sentido común, sobre el motivo u origen de nuestro odio; es decir, odiamos porque pensamos, suponemos, imaginamos, nos han dicho, etcétera. Pero generalmente no tenemos una certeza. Tercero y más grave, nacemos, crecemos y nos desarrollamos en un medio social que fomenta, ensalza, protege y hasta premia el ejercicio de odiar, en función directamente proporcional con la violencia que somos capaces de ejercer a partir de él.
El ejemplo más claro de que esto ocurre desde nuestros primeros años de vida, se da con el llamado: “bullyng” o acoso escolar que, aunque mediáticamente se presenta como un tema de moda, no es precisamente nuevo. En esta dinámica, que suele iniciarse a temprana edad, se presentan por primera vez en la vida de los individuos, factores que tienenmucho en común con otras formas de aversión y violencia relacionadas con los Crímenes por Odio. En función de esto, no hay ninguna razón para dudar que el bullyng constituya una especie de germen hacia esas otras formas de odio posteriores. Por principio de cuentas, el acosador asume con su conducta, un estatus de poder, de superioridad con relación a las o los otros, fundamentalmente con quien sufre el rol de acosada o acosado. Aunque lo más común es que esto ocurra en función de talla, de fuerza física o habilidad para las peleas, también se da a partir de otras características que confieren al acosado la calidad de “diferente” y con ello, de inferior. La o el acosado es, por lo general, quien pertenece a una etnia minoritaria o “indeseable” dentro de su medio social, es el de clase socioeconómica menor que su entorno; es el gordito, el chaparrito, el “jotito”, la “machorra”, desde luego la “vieja”, el “matadito” y un sinfín de características físicas, de género y/o sociales que le hacen indeseablemente distinto. Esto es muy importante porque, otro factor que tiene en común el bullyng con las formas de crimen y odio que nos ocupan, es que la persona que asume el rol de agresor, suele presentar distorsiones cognitivas que le llevan a una percepción desviada e inconsciente de la realidad, es decir, no importa cuán evidente haya sido la saña de sus actos, el agresor no se considera responsable de ellos, sino que, según su propio criterio, sólo respondió a la provocación o reto que la víctima le infligió con el ejercicio de su diferencia. Desde luego, no presenta remordimientos e incluso considera que con su violencia, ejerce un bien para su sociedad, o un acto de justicia. Esto se ve reforzado, desde luego, con el premio social. El acosador obtiene como recompensa, respeto, admiración y aprobación por parte del resto, lo cual le genera, desde luego, complicidades. De forma paralela y posterior, la imposición de modelos competitivos y excluyentes que se reflejan en rivalidades como:UNAM-Politécnico, Hombres-Mujeres, América-Guadalajara, ricos y pobres, buenos y malos entre muchos otros, son un caldo de cultivo perfecto para seguir alimentando, no sólo la percepción, primero de maniqueísmos excluyentes y después, de la superioridad que ejerce o debería ejercer un grupo sobre otro, sino la idea de que, para que esta superioridad quede plenamente demostrada, es indispensable que el rival sea ampliamente superado,humillado públicamente o preferentemente destruido. Por supuesto, la religión y los medios masivos de comunicación, principalmente la televisión, el radio y algunos medios impresos, tienen una gran responsabilidad en este fomento al odio, con el agravante de que aportan un peligroso ingrediente adicional a la ya, de por sí, explosiva situación y que me he tomado la libertad de llamar: Impersonalidad. ¿Por qué impersonalidad? Bueno, en el contexto del bullyng, sin que ello constituya un atenuante, el agresor conoce personalmente a su víctima y, de hecho, aunque lo excluya en la convivencia, lo identifica como parte de su medio social, pero cuando el odio y la violencia son promovidos desde los púlpitos o desde los medios, la víctima potencial es despojada de su identidad e incluso de su calidad humana. Esto sucede a través de la estigmatización, que no es otra cosa que una marca social que diferencia a las personas que no se apegan a determinadas pautas consideradas como aceptables. Es, por decirlo de algún modo, un confinamiento simbólico, similar a la segregación que vivieron los indígenas americanos con el establecimiento de las colonias inglesas, durante el siglo XVII. El diferente, el minoritario deja de tener presencia simbólica y rostro en un medio social represor, se convierte en parte de “los otros”, “los indeseables”, “ustedes”, “ellos”, como si fuese extirpado de su medio y se olvidara que los diferentes son, somos hermanos, hermanas, madres, padres, hijos, hijas, tíos, amigos, compañeras y compañeros y que ocupamos los mismos espacios que las y los demás. Una vez que hemos tenido en cuenta todo lo anterior, no resulta sorpresivo el hecho de que existan crímenes por odio.
Ya metida en esta dinámica de definir conceptos para aclarar ideas, mi siguiente paso consistió, en consultar con la misma Real Academia Española, el significado de la palabra crimen y me encontré tres definiciones:
1. m. Delito grave.
2. m. Acción indebida o reprensible.
3. m. Acción voluntaria de matar o herir gravemente a alguien.
Estas definiciones me llevaron a pensar que, aunque el asesinato es la más grave, violenta, lamentable e irremediable forma de crimen, no es, ni por mucho, la única. Deseo retomar aquí algunas ideas que ya expuse antes y que destacan el hecho de que, en los crímenes por odio, el motivo suele ser el estigma derivado de un prejuicio, es decir, de un supuesto, generalmente negativo que se considera exclusivo e ineludible para los miembros de una minoría. El criminal por odio, no odia a la persona que violenta, sino que odia lo que esa persona representa con su diferencia, en el imaginario colectivo y que irreflexivamente hace suyo. Lo curioso aquí es que esto deriva en una paradoja, porque, en los casos, muy comunes, por cierto, donde existen prejuiciossobre que las personas bisexuales, lesbianas, homosexuales o trans, son personas degeneradas, viciosas, con rasgos sociópatas,que deben ser segregadas, lo usual es que estas ideas preconcebidas, lleven a los empleadores a rechazarles, lo mismo a compañeros de escuela y trabajo, o a vecinos e incluso a familiares. ¿Resultado? Pues efectivamente las personas de la diversidad sexual se verían obligadas a delinquir, tal vez a estar permanentemente a la defensiva y por ello, reaccionar con violencia ante la menor provocación, o a llevar un modo de vida que resulte indecoroso o degradante. La sociedad es pues, responsable en gran medida, de que las minorías se apeguen a esos estereotipos y todas esas formas de discriminación y coerción, ya son por sí mismas, crímenes por odio. El último eslabón que separa a estas formas de crimen “menor” con enfáticas comillas, del asesinato, consiste en que este bombardeo constante de violencia erosiona y debilita la autoestima de las personas, logrando con ello, colocarles en situaciones de absoluta vulnerabilidad. Es impreciso hablar de grupos vulnerables, pues, dado lo anterior, sería más apropiado hablar de Grupos Vulnerabilizados.
Hablando de Crímenes por Odio en el sentido específico de asesinatos, mucho me ha sorprendido y más he lamentado el saber que, según cifras ofrecidas por la Comisión de Crímenes de Odio por Homofobia, instancia creada en 1998, a raíz del asesinato de Francisco Estrada Valle, conocido activista gay, nuestro país ocupa el deshonrosísimo segundo lugar en América Latina por su alta incidencia de asesinatos a homosexuales sólo por serlo. La misma fuente menciona que en promedio hay 35 asesinatos de este tipo al año. Aunque, esta cifra es indignante y escandalosa, podría, dadas las limitantes que la Comisión tiene para recabar sus datos, ser sólo un pálido esbozo de la realidad, además de que sólo refleja los crímenes contra homosexuales, pero ¿Y qué hay sobre los que se comenten en agravio de indígenas o mujeresu otras supuestas minorías? Los crímenes por odio, más allá de la violencia que constituyen por sí mismos, sobre todo, teniendo en cuenta que en su gran mayoría son ejercidos con extrema saña, reflejando con ello, la necesidad psicológica que los agresores tienen por castigar y destruir esa diferencia que les confronta de manera exacerbada, vienen acompañados de muchas otras formas de odio y discriminación posteriores al asesinato mismo.Vale la pena destacar que las autoridades mexicanas encargadas de las investigaciones criminales, mantienen el criterio de que sólo los familiares de las víctimas, o sus abogados, tienen interés jurídico en las investigaciones penales, y que este interés debe tener apoyo legal; en un país donde las parejas del mismo sexo no están aun legalmente reconocidas, la o el concubino de la persona asesinada, no tiene derecho a involucrarse en la investigación. No es poco común que, ante estos casos, cuando la familia del asesinado decide levantar la denuncia, las autoridades asumen actitudes de burla o de franco desdén y, más aun; invisibilizan el caso colgándole la etiqueta de “Crimen pasional”. Esta invisibilización sistemática, no responde sólo a la homofobia de las autoridades, sino que se convierte en toda una estrategia mediática para no perjudicar la imagen pública de un gobierno o de un gobernante y no frustrar sus aspiraciones políticas.
El caso del Estado de México es paradigmático sobre estas situaciones, pues no es poco conocido el episodio donde el gobernador Enrique Peña Nieto, ignoró reiteradamente las solicitudes de apoyo que le hizo, en 2008 el profesor Agustín Estrada Negrete, al ser despedido de su empleo como director de una escuela para niños con discapacidad, sólo por haber acudido vestido de mujer a un evento político y posteriormente, haber recibido acoso y amenazas e incluso haber sido detenido. El caso, por fortuna tuvo tal resonancia, que en la propia Cámara de Diputados de San Lázaro, en el Distrito Federal, diversos activistas y madres y padres de familia, denunciaron al gobernador del Estado de México y presunto favorito en la próxima contienda presidencial, lo mismo que al gobierno estatal, como homofóbicos.
Más revuelo e indignación aun causan las constantes evasiones y negativas que el gobierno del Estado de México y el propio Peña Nieto, han ejercido sobre el dato publicado el año pasado por la Procuraduría General de Justicia dela entidad, en el sentido de que,entre enero del 2005 y agosto del 2010 se registraron 922 homicidios dolosos de mujeres. Entre los años 2006 y 2008 se registraron 362 feminicidios, y al menos el 52% de los casos no han sido resueltos y añade la documentación de 4 mil 773 denuncias por violación sólo en los últimos 18 meses.Esto y el hecho de que, encuestas realizadas por el INEGI, arrojaron que 61% de las mujeres del propio estado sufrían de violencia ejercida por sus parejas, cuando la media en el resto del país asciende al 41%, llevó a la organización civil denominada: Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos (CMDPDH), a solicitar al Gobierno federal el 8 de diciembre unaDeclaratoria de Alerta de Violencia de Género en el Estado de México. Lamentables han sido las declaraciones de Peña Nieto en el sentido de pedir no politizar estos datos, en una clara actitud electorera y más desafortunadas todavía, las del procurador del estado, Alfredo Castillo quien incluyó en su informe entregado al Congreso local y avalado por Peña Nieto, comentariostales como que las mujeres tienen la culpa de que las maten, debido a que salen de noche solas, se visten provocativamente o entablan amistad con personas desconocidas, mostrando con ello, prejuicios medievales, incompetencia desmedida e insensibilidad exacerbada de quien aspira dirigir a nuestro país el próximo sexenio.
Los Crímenes por Odio, sólo van a detenerse cuando, como sociedad, seamos capaces de desterrar a todos los vicios derivados de la impersonalidad, del prejuicio, cuando hagamos una profunda reflexión y la ineludible reforma educativa, ética y social que nos permita transformar nuestras relaciones de poder y competitividad feroz, en dinámicas basadas en la cooperación y en la premisa de Ganar-Ganar. Los Crímenes por Odio, sólo podrán finalizar cuando devolvamos a los grupos vulnerabilizados, el lugar que les corresponde en nuestra sociedad, cuando nosotras y nosotros mismos dejemos de asumirnos víctimas pasivas y seamos capaces de reivindicarnos, de generar equidad y reforzar nuestro propio empoderamiento, cuando no sea el prejuicio o la conveniencia de los políticos en turno un factor que solape la impunidad. Este no es un proceso que se pueda realizar de un día para otro; es una lucha larga, ardua, constante. Sin embargo, una excelente forma de iniciar y que daría una clara señal sobre la sinceridad y el compromiso de nuestros gobernantes y candidatos para resolver firme y favorablemente, los problemas que aquejan a la ciudadanía, sería promover las reformas legales que permitan reconocer la existencia de los Crímenes por Odio, tipificarlos como agravantes en los casos de violencia y/o asesinatos en contra de algún miembro de una minoría sólo por pertenecer a ella, capacitar y sensibilizar a las instancias investigadoras, a fin de liberarlas de prejuicios y que desarrollen su labor en pleno apego a derecho. Desde luego, estas reformas legales deben también legitimar procesalmente a las asociaciones civiles y ONG’s interesadas en dar seguimiento judicial a los casos de asesinatos por odio, para que puedan ser coadyuvantes del ministerio público, en el entendido de que la víctima pertenecía a una colectividad diferenciada, y que por ello fue victimizada.Es más, estas reformas, deberían y deben ir en sentido de respetar la ciudadanía de todos y todas por igual, reconociendo el matrimonio y concubinato en las parejas del mismo sexo a nivel federal y en cada uno de los estados. En pocas palabras, necesitamos recuperar, de forma integral, nuestra condición de ciudadanía. Nuestra ciudadanía y nuestros derechos humanos no son capital político de nadie. Son nuestros, irrenunciables y exigibles a toda costa.
Besos y Abraxos.
lunes, 28 de junio de 2010
BEATRIZ Y NUESTRO PRECIADO… ESPACIO
Finalmente y luego de darle muchas vueltas al asunto, decidí que podría ser novedoso, interesante y hasta divertido acudir a la presentación que la filósofa española Beatriz Preciado, haría de su libro Pornotopía, en el Centro Cultural España de esta Ciudad de México. Luego de haber dedicado varios años de mi vida al activismo y de tener mediano roce con la comunicad académica en temas de feminismo, teoría queer y diversidad sexogenérica entre otros, después de haberme autoexiliado de ellos con mi correspondiente episodio histérico y toda la cosa, era de esperarse que me encontrara algo desencanchada y llevaba asumida de antemano la posibilidad de convertirme en la clásica bobita (o bobito, que los hay en igual proporción) que, en una conferencia, acostumbra poner cara de interés, sin importar que sea evidente que no ha entendido ni madres (o ni padres ¿Por qué no?).
Ya entrada en el tema de las bobeses asumidas, me siento con la plena confianza de decir que mucho de lo expuesto por Preciado, me resultó, en efecto, novedoso a tal grado que me vi en la necesidad de tomar notas a toda velocidad para después, en la comodidad de mi hogar, desahogar mi ignorancia supina preguntándole al omnisapiente dios Wiki, sobre un creciente número de conceptos y palabrejas intelectualosas. No obstante, hubo cosas que, aunque no estoy absolutamente convencida de haber comprendido a cabalidad, me hicieron eco, penetraron en mi cabeza con la fuerza de una broca para concreto y justamente eso motiva que me ponga hoy, aquí, frente al teclado, en un intento medianamente organizado de exorcizar todas esas voces de mi cabeza.
Pornotopía es, según dijo la autora, y según le entendí porque, peleada como estoy con la academia, me abstuve de comprar el libro, una profunda reflexión filosófica, sociológica y hasta arquitectónica, acerca del impacto social que ha tenido la revista Playboy, sobre las culturas occidentalizadas desde que a un sujeto llamado Hugh Hefner, se le ocurriera publicarla por primera vez, en 1953 en Estados Unidos. Preciado nos puso en conocimiento de que este lanzamiento corresponde con el principio de la llamada guerra fría y que el antecedente directo, por supuesto, es la segunda guerra mundial. Sostuvo que durante los años más cruentos de este movimiento armado, la gran mayoría de los hombres, en muchas partes de Estados Unidos, tuvieron que enlistarse y viajar a Europa o al Pacífico para formar parte de su ejército. Ello motivó que las mujeres ocuparan, como nunca antes, un papel preponderante en la vida social y económica del país hasta llegar a convertirse en las nuevas pobladoras dominantes del espacio público estadounidense, lo cuál representó a su vez, una profunda transgresión por parte de las mujeres, de su espacio socialmente limitado hasta entonces, al ámbito doméstico. La creación de la revista Playboy, supone para Hefner, un vehículo para la recuperación masculina del espacio, ya no sólo público, sino incluso privado. El varón volvía así triunfante de la guerra para tomar posesión absoluta de su espacio, plasmado en la Playboy a través de elaborados diseños arquitectónicos interiores y exteriores, donde las mujeres eran parte fundamental de esa exquisita decoración. Explicó que, aunque los desnudos femeninos contenidos en esa revista eran, sobre todo en sus primeros años, un tanto ingenuos y cándidos, plasmaban y plasman un claro mensaje de uso y desuso de las “mujeres-objeto”, pero sobre todo, sobre un encarnizado y desigual avasallamiento territorial, un absoluto dominio masculino sobre todo el espacio, una auténtica política machista de expansionismo y supresión social.
Cuando salí, bastante impactada por cierto, me quedé pensando en todos y cada uno de mis conflictos habituales relacionados con los varones. Me di cuenta, a riesgo, por supuesto de no poder ostentar la patente de eso que llaman hilo negro, de que en efecto, mi lucha personal era una especie de guerrilla urbana buscando recuperar la mayor cantidad posible de un espacio vital que todo mundo me reconoce, desde luego, pero que nadie o casi nadie se compromete con respetar.
Por principio de cuentas, hablaré del transporte público donde, por lo menos una vez al día (y, por desgracia, a veces hasta tres o cuatro) sostengo, desde una acalorada discusión, hasta un violento soliloquio dirigido a varones que se han sentido con el derecho que sus sacrosantas gónadas les confieren, para invadir los espacios exclusivos para mujeres. ¿Qué decir por ejemplo, del clásico sujeto que se sienta con las piernas tan abiertas, que diríase que tiene cáncer de testículo o está en plena labor de parto, invadiendo con ello buena parte de los asientos que a sus costados ocupan un par de resignadas e incómodas mujeres, por supuesto, con las piernas totalmente cerradas… ¡¡Comprimidas!!? ¿Y qué del personaje que se hace el dormido para no ceder el asiento a la ancianita, al minusválido, a la mujer embarazada o con bebé en brazos, sin importar que esté ocupando un lugar expresamente reservado para ellas y ellos? ¿Qué podemos decir sobre el macho que, en lugar de pedirte permiso para pasar, te desplaza con un empellón para bajar a toda prisa porque, por venir fingiendo un profundo sueño, ya se pasó dos cuadras? ¿Qué onda con el que te agarra las nalgas y finge demencia? ¿Y al que le vale padres que vengas leyendo o escuchando tu ipod y decide abordarte con un cliché de pésimo gusto porque ha decidido conquistarte? Y cuando, una vez que has descendido del metro o del autobús, qué onda con los que te silban una y otra vez, o con el que al pasar junto a ti, te susurra algo que no entiendes, pero que sin duda, a juzgar por su mirada torva, es una proposición sexual, o con aquel que, si tienes el mal tino de mirar, aunque sea de reojo por pura inercia, se siente irresistible objeto de tus más lúbricas fantasías. ¿Te has sorprendido a ti misma pasando con la mirada gacha frente a uno o varios hombres, según tú, con el fin de no enviar el mensaje equivocado? ¿Será que ese simple e inocente gesto representa mucho más que eso: una manifestación de sumisión introyectada, como la que se expresa de la misma forma hacia un amo?
Esta y muchas otras partes de nuestra cotidianidad (Y conste que no me he referido a las formas más conocidas de violencia, ni a la inequidad social, laboral y económica, tan claras, contundentes y penosamente presentes en nuestras sociedades) me hacen pensar que Preciado tiene razón; enfrentamos una total invasión, una absoluta afrenta contra nuestro espacio vital. Sin ánimo de generalizar, porque siempre habrá uno o muchos hombres que digan, probablemente con mucha razón: “Yo no soy de esos” y a quienes, en tal caso, habría que felicitar encarecidamente, pero en todo caso no estaría de más invitarles a la reflexión sobre qué tanto, de forma inconsciente, incurren en estas u otras conductas expansionistas. Propondría además que las mujeres reflexionáramos en qué tanto nos volvemos cómplices al bajar los ojos, al no decirle al invasor que cierre un poco sus piernas, o que se pase para atrás, a la zona permitida para hombres, o al no hacer evidente y denunciar cualquier forma de acoso, pero sobre todo, al perpetuar estas conductas validándolas para nuestros hijos, padres, parejas (en caso de las que se relacionen con hombres, por supuesto) hermanos, amigos, jefes, subalternos, compañeros, vecinos y hasta enemigos. Soy una ferviente convencida del poder de las palabras y es por eso que hoy me permito compartir este rollito, no con el afán de declarar la guerra y no responder chipote con sangre, sino con la (según yo) sana intención de no dar estos temas por asumidos y echarle una revisadita crítica a la forma en que mujeres y hombres establecemos relaciones de poder y sumisión, seguramente sin darnos cuenta.
Ahora que lo pienso con más calma ¿Por qué chingados no habré comprado el libro?
Besos y abraxos.
Ya entrada en el tema de las bobeses asumidas, me siento con la plena confianza de decir que mucho de lo expuesto por Preciado, me resultó, en efecto, novedoso a tal grado que me vi en la necesidad de tomar notas a toda velocidad para después, en la comodidad de mi hogar, desahogar mi ignorancia supina preguntándole al omnisapiente dios Wiki, sobre un creciente número de conceptos y palabrejas intelectualosas. No obstante, hubo cosas que, aunque no estoy absolutamente convencida de haber comprendido a cabalidad, me hicieron eco, penetraron en mi cabeza con la fuerza de una broca para concreto y justamente eso motiva que me ponga hoy, aquí, frente al teclado, en un intento medianamente organizado de exorcizar todas esas voces de mi cabeza.
Pornotopía es, según dijo la autora, y según le entendí porque, peleada como estoy con la academia, me abstuve de comprar el libro, una profunda reflexión filosófica, sociológica y hasta arquitectónica, acerca del impacto social que ha tenido la revista Playboy, sobre las culturas occidentalizadas desde que a un sujeto llamado Hugh Hefner, se le ocurriera publicarla por primera vez, en 1953 en Estados Unidos. Preciado nos puso en conocimiento de que este lanzamiento corresponde con el principio de la llamada guerra fría y que el antecedente directo, por supuesto, es la segunda guerra mundial. Sostuvo que durante los años más cruentos de este movimiento armado, la gran mayoría de los hombres, en muchas partes de Estados Unidos, tuvieron que enlistarse y viajar a Europa o al Pacífico para formar parte de su ejército. Ello motivó que las mujeres ocuparan, como nunca antes, un papel preponderante en la vida social y económica del país hasta llegar a convertirse en las nuevas pobladoras dominantes del espacio público estadounidense, lo cuál representó a su vez, una profunda transgresión por parte de las mujeres, de su espacio socialmente limitado hasta entonces, al ámbito doméstico. La creación de la revista Playboy, supone para Hefner, un vehículo para la recuperación masculina del espacio, ya no sólo público, sino incluso privado. El varón volvía así triunfante de la guerra para tomar posesión absoluta de su espacio, plasmado en la Playboy a través de elaborados diseños arquitectónicos interiores y exteriores, donde las mujeres eran parte fundamental de esa exquisita decoración. Explicó que, aunque los desnudos femeninos contenidos en esa revista eran, sobre todo en sus primeros años, un tanto ingenuos y cándidos, plasmaban y plasman un claro mensaje de uso y desuso de las “mujeres-objeto”, pero sobre todo, sobre un encarnizado y desigual avasallamiento territorial, un absoluto dominio masculino sobre todo el espacio, una auténtica política machista de expansionismo y supresión social.
Cuando salí, bastante impactada por cierto, me quedé pensando en todos y cada uno de mis conflictos habituales relacionados con los varones. Me di cuenta, a riesgo, por supuesto de no poder ostentar la patente de eso que llaman hilo negro, de que en efecto, mi lucha personal era una especie de guerrilla urbana buscando recuperar la mayor cantidad posible de un espacio vital que todo mundo me reconoce, desde luego, pero que nadie o casi nadie se compromete con respetar.
Por principio de cuentas, hablaré del transporte público donde, por lo menos una vez al día (y, por desgracia, a veces hasta tres o cuatro) sostengo, desde una acalorada discusión, hasta un violento soliloquio dirigido a varones que se han sentido con el derecho que sus sacrosantas gónadas les confieren, para invadir los espacios exclusivos para mujeres. ¿Qué decir por ejemplo, del clásico sujeto que se sienta con las piernas tan abiertas, que diríase que tiene cáncer de testículo o está en plena labor de parto, invadiendo con ello buena parte de los asientos que a sus costados ocupan un par de resignadas e incómodas mujeres, por supuesto, con las piernas totalmente cerradas… ¡¡Comprimidas!!? ¿Y qué del personaje que se hace el dormido para no ceder el asiento a la ancianita, al minusválido, a la mujer embarazada o con bebé en brazos, sin importar que esté ocupando un lugar expresamente reservado para ellas y ellos? ¿Qué podemos decir sobre el macho que, en lugar de pedirte permiso para pasar, te desplaza con un empellón para bajar a toda prisa porque, por venir fingiendo un profundo sueño, ya se pasó dos cuadras? ¿Qué onda con el que te agarra las nalgas y finge demencia? ¿Y al que le vale padres que vengas leyendo o escuchando tu ipod y decide abordarte con un cliché de pésimo gusto porque ha decidido conquistarte? Y cuando, una vez que has descendido del metro o del autobús, qué onda con los que te silban una y otra vez, o con el que al pasar junto a ti, te susurra algo que no entiendes, pero que sin duda, a juzgar por su mirada torva, es una proposición sexual, o con aquel que, si tienes el mal tino de mirar, aunque sea de reojo por pura inercia, se siente irresistible objeto de tus más lúbricas fantasías. ¿Te has sorprendido a ti misma pasando con la mirada gacha frente a uno o varios hombres, según tú, con el fin de no enviar el mensaje equivocado? ¿Será que ese simple e inocente gesto representa mucho más que eso: una manifestación de sumisión introyectada, como la que se expresa de la misma forma hacia un amo?
Esta y muchas otras partes de nuestra cotidianidad (Y conste que no me he referido a las formas más conocidas de violencia, ni a la inequidad social, laboral y económica, tan claras, contundentes y penosamente presentes en nuestras sociedades) me hacen pensar que Preciado tiene razón; enfrentamos una total invasión, una absoluta afrenta contra nuestro espacio vital. Sin ánimo de generalizar, porque siempre habrá uno o muchos hombres que digan, probablemente con mucha razón: “Yo no soy de esos” y a quienes, en tal caso, habría que felicitar encarecidamente, pero en todo caso no estaría de más invitarles a la reflexión sobre qué tanto, de forma inconsciente, incurren en estas u otras conductas expansionistas. Propondría además que las mujeres reflexionáramos en qué tanto nos volvemos cómplices al bajar los ojos, al no decirle al invasor que cierre un poco sus piernas, o que se pase para atrás, a la zona permitida para hombres, o al no hacer evidente y denunciar cualquier forma de acoso, pero sobre todo, al perpetuar estas conductas validándolas para nuestros hijos, padres, parejas (en caso de las que se relacionen con hombres, por supuesto) hermanos, amigos, jefes, subalternos, compañeros, vecinos y hasta enemigos. Soy una ferviente convencida del poder de las palabras y es por eso que hoy me permito compartir este rollito, no con el afán de declarar la guerra y no responder chipote con sangre, sino con la (según yo) sana intención de no dar estos temas por asumidos y echarle una revisadita crítica a la forma en que mujeres y hombres establecemos relaciones de poder y sumisión, seguramente sin darnos cuenta.
Ahora que lo pienso con más calma ¿Por qué chingados no habré comprado el libro?
Besos y abraxos.
lunes, 14 de junio de 2010
DÍAS EXTRAÑOS
Texto: Ericka Villegas
Soundtrack: Días extraños.
El Tiempo de las Cerezas. Nacho Vegas
“Y todo el camino, aquella extraña canción”
Después de todo, la cena del 24 era la cena del 24. Por supuesto, no sería en casa de Alejandra, ni estarían sus padres escudriñándoles el rostro en busca de una revelación que fingían desconocer. No estaría por supuesto el pequeño Alberto riendo divertido con toda la mortificación que seguramente les causaría a ellas la más leve insinuación sobre su vínculo afectivo. No habría comezón nerviosa, ni formalismos… Ninguna de las frases ensayadas durante horas frente al espejo tendría ya utilidad alguna, porque, simplemente el plan había cambiado de un momento para otro. –Podemos hacerlo nosotras solas, en algún restaurante− había dicho Alejandra la noche anterior. –Sería más divertido, menos formal y pesado que en presencia de mi odioso padre. Además, podemos finalizar la noche en un hotel y…− ¡Quién tan pícara como Alejandra! –Darnos un abrazo más… íntimo−. Aún quedaba en su corazón cierta sensación de desencanto; aunque odiaba con todo su corazón los convencionalismos heterosexistas, para ella, una cena con la familia de Alejandra equivalía a… ¿La reafirmación de su vínculo? Tal vez… En todo caso, sí una esperanza que le permitiera vislumbrar una luz para el futuro. No sería ideal, dado el cambio de planes, pero, aunque ambas eran agnósticas y la fecha corresponde con una solemne celebración religiosa, la noche del 24 no se cena con alguien a quien se piensa decirle adiós. Justo esa sería esa noche y cenaría con ella. ¡¡La noche del 24!!
“Sigue recto, hay un desvío, tómalo hasta el final… Si hemos hecho algo mal, amor, verás una señal”.
¿Alguna vez has atesorado canciones, como quien colecciona fotografías de instantes memorables? A menudo, sin imágenes, una canción es el evocador perfecto para un determinado momento, una emoción que se desliza al tempo de la música de fondo, como la mano de un pianista en el teclado.
“pero no iba a llegar y avanzamos igual, como atraídos por el sol hacia su mismo centro”.
Cualquiera que estuviera compartiendo una ocasión tan solemne como la Natividad, con una numerosa familia donde siempre aparece un primo lejano, totalmente desconocido y en un ambiente donde fluye la algarabía, pensaría que los solitarios escasean en noches como esa, que todos los lugares públicos a los que suelen acudir están cerrados o totalmente desiertos y que los meseros, cocineros y demás personal aprovechan para improvisar su propia fiesta. Sin embargo, quien no tiene dónde ir, sabe perfectamente que esto no es así; los solitarios, quizás, en tales ocasiones lo son más que nunca y buscan apretujarse para compartir su hastío entre la nutrida masa que eluden en la cotidianidad. Después de encontrarse en varios lugares con que el cupo había sido rebasado, finalmente pudieron ellas acomodarse, si cabe, en una pequeña mesa para dos dentro de un Sanborn’s del centro de la ciudad.
“Nos fuimos mar adentro, donde nadie alcanzaba a ver. Con el agua al cuello, me volví, te miré y tú dijiste:..”
−Lo bueno es que se nos ocurrió reservar el hotel desde el medio día. Si no, imagínate el problema que sería conseguirlo a esta hora−.
Nerviosa, sí, nerviosa era la palabra que mejor le acomodaba. Miraba con cierto disimulo el rostro de Alejandra, escudriñaba tratando de hallar alguna expresión distinta del enfado que le ocasionara semejante complicación para encontrar mesa y que le traslucía por sobre la mueca de sonrisa.
−Jamás me hubiera imaginado semejante problema para encontrar espacio en un Sanborn´s−. Respondió. –Y mucho menos a esta hora. Lo bueno es que eso ya pasó, el momento difícil de la noche. Ahora podemos dedicarnos a lo nuestro… A nosotras−.
La vianda resultó de buen sabor, aunque, como suele suceder en esos lugares, al cotejar el platillo con la imagen que aparece en el menú, es inevitable degustar con una cierta sensación de desencanto.
−Ojalá, en lugar de un restaurante− Dijo en un susurro totalmente ininteligible para Alejandra −nos encontráramos en una exposición fotográfica−.
Un par de copas de vino para celebrar, muchos besos relativamente apasionados, algunas sonrisas y un general ambiente de alegría descafeinada integraban su ambiente privado que no iba más allá de un metro cuadrado allende el borde de su mesa.
“−Te podría matar y no se iba a enterar nadie, cuando me pregunten yo diré que no llegaste nunca−.”
−Yyyyyyyyy… ¿Cómo van las cosas con Emilio? ¿Se hablaron hoy?
Estaba por abordar el tema crucial de la noche, lo sabía. Durante las últimas semanas no había existido uno más importante, es más; en todo el tiempo que habían vivido su romance donde la condición de pareja abierta había sido un acuerdo más que explícito, jamás había tenido una inquietud mayor ante cualquiera de las parejas de Alejandra. ¿Por qué abordar entonces la situación justo ahora? −Pensó−. En realidad no era esa la intención; lo había preguntado… ¡Por cortesía! Quizás para probarse a sí misma que se mantendría ecuánime, congruente con su acuerdo, como había sido hasta entonces. Probablemente Alejandra le respondería trivialmente, luego preguntaría por Carmen, su otra pareja y después hablarían de música, de alguna idea extraña, de activismo queer, de literatura, de amigos comunes o de cualquier otro tema de los muchos que compartían. Sería una velada feliz… deseaba que así fuera.
−Pues sí, hablamos por la tarde, ya sabes cómo son esas cosas. Quería verme hoy y le dije que saldría contigo. Lo más seguro es que la pase con su familia y pues, tal vez nos veamos mañana−.
¿Mañana? ¿¡Mañana!? ¿Acaso su idea era finalizar el encuentro de esa noche, tan prometedoramente memorable, para salir corriendo a los brazos de Emilio? Tal vez el comentario podría haber sido irrelevante, tal vez contener su compulsión histérica para volver a contactar con su ecuanimidad hubiera sido más sencillo… Tal vez, si no fuera por la insistencia con que Alejandra miraba por la ventana, como si deseara anticipar a las agujas del reloj y encontrarse, en algún punto lejano, con su propia mente.
−Ah, que bien. Fíjate que la compañía teatral decidió cancelar el resto de los ensayos de este año. Ya sabes que el estreno de la obra es en marzo, pero pues, necesitamos viajar, descansar. Nos la hemos pasado trabajando a marchas forzadas y…−.
−A propósito de viajar− Espetó de pronto Alejandra nerviosa. La forma en que soltaba las palabras, con velocidad, hacía recordar la lengua de un camaleón que, tras mucho acechar, se disparaba de súbito para atrapar a su presa. –hay algo que necesito decirte−.
Silencio de presentimiento. Apoyó lenta y cuidadosamente los codos sobre la mesa, antes de disponerse a escuchar a Alejandra, como a la última tarjeta en un castillo de naipes, buscando estabilizarse y eludir una sacudida desastrosa.
−Emilio y yo tenemos apenas algunas semanas de salir, pero las cosas han ido bien, estamos contentos y decidimos que sería muy bueno para nuestra relación tomar unas vacaciones juntos. Estábamos pensando en…−.
−¿Juntos? ¿De vacaciones juntos? ¿Ahora?− había erguido de pronto el cuerpo, como si hubiera recibido una descarga eléctrica sorpresiva. Estaba enojada… ¡¡Fúrica!! −¿Pero… cómo es posible? Apenas tienen unas semanas de salir, tú misma lo dijiste. Además, no sé si recuerdes, pero tú y yo habíamos quedado en salir juntas, lo habíamos mencionado hace apenas unos días y…−.
−Pues sí, lo habíamos mencionado, pero jamás lo formalizamos. Tú andas siempre con tus ensayos, con tu trabajo, con el activismo y con mil cosas en la agenda y en la cabeza. Cuando Emilio y yo empezamos a armar el plan, tú y yo no teníamos uno previo. Teníamos apenas un… esbozo.
Guardaron silencio. Sentadas frente a frente en una mesa para dos de un restaurante, quien las hubiera observado a la distancia, con esa mirada fija que sostenía la una sobre la otra y que sólo se interrumpía para mirar de vez en vez hacia la superficie de la mesa, pensaría que se trataba de dos contendientes disputando, acérrimas, una partida de ajedrez.
−Era un esbozo, sí…− Respiró hondo. Qué difícil le resultaba ventilar sus pulmones. No pensaba vociferar, sin embargo, el sentido de hablar fuerte y profundo es absolutamente relativo. Para cada susurro, apenas audible que salía de su garganta, necesitaba más aire que para recrear a Ionesco en el escenario. –Porque no tenía claro cómo iban a estar las cosas con los ensayos. Ya sabes que todo eso es un caos. Además, la semana pasada, en plena sesión de fotos, me llamaron para avisarme que Fabiola sigue muy mal. ¿Te dije que es cáncer? Cómo puedo tener la cabeza en orden cuando mi mejor amiga se está muriendo de cáncer, por Dios−.
−Lo sé y lo entiendo, pero ¿Qué puedo hacer? ¿Esperar a que de pronto recordaras que teníamos un esbozo pendiente?−.
−Preguntar. Caramba, Alejandra: ¡¡Preguntar!! ¿Acaso hubiera sido demasiado pedir?−.
“Hay días en que valdría más, no salir de la casa. En sólo un minuto vi mi vida cambiar. Que sólo era un juego –Te escuché− y volvimos a casa”.
Cuando salieron del lugar, sus manos se buscaron sin el entusiasmo habitual, más bien, en un movimiento mecánico y desganado. Caminaron a la esquina para abordar un taxi que las llevara al hotel, siempre en silencio. ¿Por qué tenía Fabiola que estar tan enferma? Carmen le había dicho que con el cáncer de colon tan avanzado como el del caso, sólo quedaba esperar, acompañarla y prepararse para lo peor. Habían sido amigas desde hacía siete años e incluso habían vivido juntas. Además Fabiola rondaba, quizás los 35 años ¿No se supone que la gente muere anciana, después y sólo después de haber escrito concienzudamente sus memorias? Le parecía una paradoja trágica del destino estar a punto de un gran estreno cuando la vida de Fabiola se iba, se apagaba inexorablemente como la última esperanza. No hacía una semana que había firmado su renuncia en la institución donde trabajara por dos años y… Eran aquellos días extraños, una temporada de cambios que parecían no tener final, no obstante le parecía un exceso ir caminando además, por las calles del centro con una noticia semejante a la que acababa de recibir, a cuestas. Se metió, al menor pretexto, las manos en los bolsillos para evitar así la sensación de ridículo que le representaba tomar la mano de Alejandra. Tal y como en otros momentos, en pleno arrebato de franqueza se besaban apasionadamente urgidas por una fuerza casi magnética, ahora la más elemental sinceridad dictaba que caminaran separadas. Alejandra lucía cavilante, miraba al frente y parecía murmurar para sí. No podía negar que tenía razón, o al menos en parte; siempre con tantas cosas en la cabeza, siempre deseando cambiar al mundo, siempre con ganas de aparecer en mitad del escenario para salvar la situación, siempre corriendo de aquí para allá. Carmen solía decirle, medio en broma, que el día que se animara a escribir sus memorias, no iría más allá de una cuartilla porque su pasado remoto se extendía hasta el día de ayer y su futuro lejano, difícilmente se vislumbraba más allá del día de mañana. –A veces me siento como un tren rudimentario que tuviera sólo dos segmentos de vía− pensó –para seguir adelante, sería necesario desprender el anterior, colocarlo al frente y así, sucesivamente para llegar a ningún lugar−.
−Para colmo, ni un chingado taxi−.
Finalmente llegaron al hotel. Se trataba de una construcción post colonial, probablemente del siglo XIX o principios del XX. Aunque parecía imposible, dado el tipo de construcción, que fuera más antiguo, tenía el aire ancestral de los edificios cercanos a la Plaza Mayor. La primera vez que lo visitó, le perturbó la idea de llegar a una hora como aquella y encontrarse de pronto en la escalera, con uno de los muchos fantasmas que seguramente deambulaban por cada rincón. Sin embargo, esa noche era tanto su enojo, tenía tanto que pensar que, si hubiera tenido un encuentro con un ánima en pena, seguramente le habría dado un empellón con el brazo y hubiera seguido su camino, indiferente.
Ya en la habitación, comenzaron a desnudarse, sin ritual, con parquedad, como un viejo matrimonio donde cada persona hubiera perdido interés y hasta conciencia de la otredad. Mientras Alejandra se distraía en no sé qué, semidesnuda, mirándose al espejo, decidió encender su ipod, seleccionó El Tiempo de las Cerezas, un disco grabado a dúo por Enrique Bunbury y Nacho Vegas, dos cantantes españoles de cierta celebridad. El disco tiene un sonido acre, melancólico a grado tal que incluso podría decirse que el ambiente se llena de bruma en cada reproducción. La voz, un tanto nasal, de Vegas se escuchaba queda, pero claramente desde el audífono personal. Cuánto le gustaba Alejandra, cuánto la amaba. Tenían juntas poco más de un año y, sin embargo, le parecía haber vivido una vida entera junto a ella. Era, sin duda, una mujer sensual, amaba y deseaba su hermosa piel morena, sobre todo en noches como aquella, cuando se movía con desparpajo. Su fetiche favorito era escucharla lavándose los dientes, como justo ahora sucedía, le representaba una promesa, el preludio perfecto para una voraz, ardiente tormenta de amor.
“Si sólo era un juego, −pregunté− ¿Dónde esta la gracia? Y todo el camino, aquella extraña canción.”
¿Por qué tenía que sonar el timbre del teléfono? ¿Por qué tenía Alejandra que darle la espalda para leer el mensaje de texto que acababa −¡A esa hora!− de llegarle al celular? ¿Por qué tenía que responderlo desde un rincón, para ocultar una sonrisa, la más feliz de toda aquella noche, mirando con pícara alegría el objeto entre sus manos, como una niña jugando, escondida de sus padres, con su grillo mascota? Como actriz sabía muy bien que la elocuencia es una cualidad que rebasa, y a menudo desmiente a las palabras. Como histérica consumada había aprendido que la emoción es una bomba de tiempo con el reloj oculto, pero inexorable. Aquello no era como lo de Javier, o lo de Alonso. Alejandra estaba más entusiasmada que nunca y lo peor es que sentía, se daba perfecta cuenta de que en esta ocasión Alejandra no se enamoraba de alguien más, sino que lo hacía… ¡Exclusivamente! Estaba dejando de ser amada por aquella mujer de ideas brillantes, lo sabía, podía palparlo. Nunca antes le había dolido saber que otras personas tomaran su cuerpo, lo que en ese momento le laceraba como un silicio colocado en la parte más sensible de su alma, era sentir que le estaban arrancando su corazón ¡Guerra florida!
Alejandra se recostó junto a ella y la abrazó, la voz, ahora de Bunbury hablaba sobre la enorme conveniencia de pensar menos, con la cabeza, menos con el corazón y más con la entrepierna. Decidió entonces que tendría su noche, no ideal, no de cuento de hadas, por supuesto, como en los últimos días había imaginado, pero ¡Qué chingados! Aún era la noche del 24, mejor aún, era el inicio de la Natividad. Quizás, después de todo y pese a todo, de algún modo, aún podría tener su noche buena. Giro el cuerpo y se colocó encima de Alejandra, comenzó a besar, a lamer y acariciar mientras Alejandra respiraba profundo, tal y como en sus mejores noches. Por Dios, cuánto amaba esos pechos deliciosos que, aunque pequeños, le recordaban por alguna razón no del todo esclarecida, a Las Vacas de Quiviquinta. Su nariz comenzó a reptar por el vientre liso, suave, se insertó en el ombligo y se quedó ahí por unos segundos. Justo en aquel paraje se respiraba un olor delicioso de campiña, de sudor y de líquidos… ¡Cuánto amaba los líquidos desbordantes de Alejandra! Ni siquiera el propio Hernán Cortés tuvo una impresión semejante cuando, parado entre el Izta y el Popo, miró la ciudad radiante de Tenochtitlán, más allá, rodeada por el lago de Texcoco. Aventurera como aquel, su nariz se puso en marcha de nuevo para llegar al lugar de su mítico tesoro personal.
De pronto se tiró hacia atrás, se separó del cuerpo de Alejandra y, mientras de sus ojos brotaba un torrente de franca derrota, inquirió.
−¿Y el remolino? ¿Qué putas madres le hiciste al remolino?−.
Alejandra se sentó sobre la cama cubriendo con inédito pudor sus pechos. No estaba sorprendida, más bien, parecía preparar de nuevo las palabras como la emboscada final a jaque.
−Pues nada, simplemente me depilé. Sucede que lo hago a veces.
Alejandra sabía bien cuánto le gustaba ese pequeño remolino que, de forma natural, se le formaba en el vello del pubis. Cuántas veces había jugueteado con él girándolo con los dedos. –En él− Le había dicho meses atrás –Sería muy feliz de ver mi barca condenada a la profundidad de tus abismos. Te reconocería entre mil, entre millones de mujeres idénticas, sólo por él−.
¿O es que acaso no era Alejandra? Sí, eso debía ser ¿Pero entonces quién era esa mujer tan igual y sin embargo tan distinta? ¿Por qué la amaba si no era Alejandra? ¿Por qué olía como Alejandra? ¿Por qué –lo peor de todo− sentía que tenía que asirse de esa suplantadora si deseaba aún aferrarse a una parte de la mujer que, sabía, había dejado de ser, de existir tal y como la conocía? Tal vez Alejandra se había depilado intencionalmente para demostrarle que no estaba por comenzar el tan temido viaje del olvido, sino que, ya ni siquiera estaba ahí, ahora, ni con ella. Era demasiado tarde: ¡¡Había partido!!
Ya no eran sólo lágrimas brotando de sus mejillas, era un caudal, un sollozo salvaje de lava volcánica que hinchaba en llamas cada lugar por donde pasaba, incluso las profundidades de su garganta. Le dio totalmente la espalda a esa desmentida Alejandra, ella la quiso abrazar, pero le retiró la mano. No supo bien cuánto tiempo pasó antes de rendirse al sueño. Lo que sí supo es que su pesadilla tenía que ver con remolinos ardientes, con pequeñas barcas de cáscara de nuez hundidas en tempestad y estaba fondeada por las voces lacónicas de Bunbury, de Vegas y de sus propios sollozos, entrecortados, pero incesantes.
“Y no, nadie dijo nada, no, nadie dijo nada. Nadie dijo nada… Nada más”.
Besos y abraxos.
Soundtrack: Días extraños.
El Tiempo de las Cerezas. Nacho Vegas
“Y todo el camino, aquella extraña canción”
Después de todo, la cena del 24 era la cena del 24. Por supuesto, no sería en casa de Alejandra, ni estarían sus padres escudriñándoles el rostro en busca de una revelación que fingían desconocer. No estaría por supuesto el pequeño Alberto riendo divertido con toda la mortificación que seguramente les causaría a ellas la más leve insinuación sobre su vínculo afectivo. No habría comezón nerviosa, ni formalismos… Ninguna de las frases ensayadas durante horas frente al espejo tendría ya utilidad alguna, porque, simplemente el plan había cambiado de un momento para otro. –Podemos hacerlo nosotras solas, en algún restaurante− había dicho Alejandra la noche anterior. –Sería más divertido, menos formal y pesado que en presencia de mi odioso padre. Además, podemos finalizar la noche en un hotel y…− ¡Quién tan pícara como Alejandra! –Darnos un abrazo más… íntimo−. Aún quedaba en su corazón cierta sensación de desencanto; aunque odiaba con todo su corazón los convencionalismos heterosexistas, para ella, una cena con la familia de Alejandra equivalía a… ¿La reafirmación de su vínculo? Tal vez… En todo caso, sí una esperanza que le permitiera vislumbrar una luz para el futuro. No sería ideal, dado el cambio de planes, pero, aunque ambas eran agnósticas y la fecha corresponde con una solemne celebración religiosa, la noche del 24 no se cena con alguien a quien se piensa decirle adiós. Justo esa sería esa noche y cenaría con ella. ¡¡La noche del 24!!
“Sigue recto, hay un desvío, tómalo hasta el final… Si hemos hecho algo mal, amor, verás una señal”.
¿Alguna vez has atesorado canciones, como quien colecciona fotografías de instantes memorables? A menudo, sin imágenes, una canción es el evocador perfecto para un determinado momento, una emoción que se desliza al tempo de la música de fondo, como la mano de un pianista en el teclado.
“pero no iba a llegar y avanzamos igual, como atraídos por el sol hacia su mismo centro”.
Cualquiera que estuviera compartiendo una ocasión tan solemne como la Natividad, con una numerosa familia donde siempre aparece un primo lejano, totalmente desconocido y en un ambiente donde fluye la algarabía, pensaría que los solitarios escasean en noches como esa, que todos los lugares públicos a los que suelen acudir están cerrados o totalmente desiertos y que los meseros, cocineros y demás personal aprovechan para improvisar su propia fiesta. Sin embargo, quien no tiene dónde ir, sabe perfectamente que esto no es así; los solitarios, quizás, en tales ocasiones lo son más que nunca y buscan apretujarse para compartir su hastío entre la nutrida masa que eluden en la cotidianidad. Después de encontrarse en varios lugares con que el cupo había sido rebasado, finalmente pudieron ellas acomodarse, si cabe, en una pequeña mesa para dos dentro de un Sanborn’s del centro de la ciudad.
“Nos fuimos mar adentro, donde nadie alcanzaba a ver. Con el agua al cuello, me volví, te miré y tú dijiste:..”
−Lo bueno es que se nos ocurrió reservar el hotel desde el medio día. Si no, imagínate el problema que sería conseguirlo a esta hora−.
Nerviosa, sí, nerviosa era la palabra que mejor le acomodaba. Miraba con cierto disimulo el rostro de Alejandra, escudriñaba tratando de hallar alguna expresión distinta del enfado que le ocasionara semejante complicación para encontrar mesa y que le traslucía por sobre la mueca de sonrisa.
−Jamás me hubiera imaginado semejante problema para encontrar espacio en un Sanborn´s−. Respondió. –Y mucho menos a esta hora. Lo bueno es que eso ya pasó, el momento difícil de la noche. Ahora podemos dedicarnos a lo nuestro… A nosotras−.
La vianda resultó de buen sabor, aunque, como suele suceder en esos lugares, al cotejar el platillo con la imagen que aparece en el menú, es inevitable degustar con una cierta sensación de desencanto.
−Ojalá, en lugar de un restaurante− Dijo en un susurro totalmente ininteligible para Alejandra −nos encontráramos en una exposición fotográfica−.
Un par de copas de vino para celebrar, muchos besos relativamente apasionados, algunas sonrisas y un general ambiente de alegría descafeinada integraban su ambiente privado que no iba más allá de un metro cuadrado allende el borde de su mesa.
“−Te podría matar y no se iba a enterar nadie, cuando me pregunten yo diré que no llegaste nunca−.”
−Yyyyyyyyy… ¿Cómo van las cosas con Emilio? ¿Se hablaron hoy?
Estaba por abordar el tema crucial de la noche, lo sabía. Durante las últimas semanas no había existido uno más importante, es más; en todo el tiempo que habían vivido su romance donde la condición de pareja abierta había sido un acuerdo más que explícito, jamás había tenido una inquietud mayor ante cualquiera de las parejas de Alejandra. ¿Por qué abordar entonces la situación justo ahora? −Pensó−. En realidad no era esa la intención; lo había preguntado… ¡Por cortesía! Quizás para probarse a sí misma que se mantendría ecuánime, congruente con su acuerdo, como había sido hasta entonces. Probablemente Alejandra le respondería trivialmente, luego preguntaría por Carmen, su otra pareja y después hablarían de música, de alguna idea extraña, de activismo queer, de literatura, de amigos comunes o de cualquier otro tema de los muchos que compartían. Sería una velada feliz… deseaba que así fuera.
−Pues sí, hablamos por la tarde, ya sabes cómo son esas cosas. Quería verme hoy y le dije que saldría contigo. Lo más seguro es que la pase con su familia y pues, tal vez nos veamos mañana−.
¿Mañana? ¿¡Mañana!? ¿Acaso su idea era finalizar el encuentro de esa noche, tan prometedoramente memorable, para salir corriendo a los brazos de Emilio? Tal vez el comentario podría haber sido irrelevante, tal vez contener su compulsión histérica para volver a contactar con su ecuanimidad hubiera sido más sencillo… Tal vez, si no fuera por la insistencia con que Alejandra miraba por la ventana, como si deseara anticipar a las agujas del reloj y encontrarse, en algún punto lejano, con su propia mente.
−Ah, que bien. Fíjate que la compañía teatral decidió cancelar el resto de los ensayos de este año. Ya sabes que el estreno de la obra es en marzo, pero pues, necesitamos viajar, descansar. Nos la hemos pasado trabajando a marchas forzadas y…−.
−A propósito de viajar− Espetó de pronto Alejandra nerviosa. La forma en que soltaba las palabras, con velocidad, hacía recordar la lengua de un camaleón que, tras mucho acechar, se disparaba de súbito para atrapar a su presa. –hay algo que necesito decirte−.
Silencio de presentimiento. Apoyó lenta y cuidadosamente los codos sobre la mesa, antes de disponerse a escuchar a Alejandra, como a la última tarjeta en un castillo de naipes, buscando estabilizarse y eludir una sacudida desastrosa.
−Emilio y yo tenemos apenas algunas semanas de salir, pero las cosas han ido bien, estamos contentos y decidimos que sería muy bueno para nuestra relación tomar unas vacaciones juntos. Estábamos pensando en…−.
−¿Juntos? ¿De vacaciones juntos? ¿Ahora?− había erguido de pronto el cuerpo, como si hubiera recibido una descarga eléctrica sorpresiva. Estaba enojada… ¡¡Fúrica!! −¿Pero… cómo es posible? Apenas tienen unas semanas de salir, tú misma lo dijiste. Además, no sé si recuerdes, pero tú y yo habíamos quedado en salir juntas, lo habíamos mencionado hace apenas unos días y…−.
−Pues sí, lo habíamos mencionado, pero jamás lo formalizamos. Tú andas siempre con tus ensayos, con tu trabajo, con el activismo y con mil cosas en la agenda y en la cabeza. Cuando Emilio y yo empezamos a armar el plan, tú y yo no teníamos uno previo. Teníamos apenas un… esbozo.
Guardaron silencio. Sentadas frente a frente en una mesa para dos de un restaurante, quien las hubiera observado a la distancia, con esa mirada fija que sostenía la una sobre la otra y que sólo se interrumpía para mirar de vez en vez hacia la superficie de la mesa, pensaría que se trataba de dos contendientes disputando, acérrimas, una partida de ajedrez.
−Era un esbozo, sí…− Respiró hondo. Qué difícil le resultaba ventilar sus pulmones. No pensaba vociferar, sin embargo, el sentido de hablar fuerte y profundo es absolutamente relativo. Para cada susurro, apenas audible que salía de su garganta, necesitaba más aire que para recrear a Ionesco en el escenario. –Porque no tenía claro cómo iban a estar las cosas con los ensayos. Ya sabes que todo eso es un caos. Además, la semana pasada, en plena sesión de fotos, me llamaron para avisarme que Fabiola sigue muy mal. ¿Te dije que es cáncer? Cómo puedo tener la cabeza en orden cuando mi mejor amiga se está muriendo de cáncer, por Dios−.
−Lo sé y lo entiendo, pero ¿Qué puedo hacer? ¿Esperar a que de pronto recordaras que teníamos un esbozo pendiente?−.
−Preguntar. Caramba, Alejandra: ¡¡Preguntar!! ¿Acaso hubiera sido demasiado pedir?−.
“Hay días en que valdría más, no salir de la casa. En sólo un minuto vi mi vida cambiar. Que sólo era un juego –Te escuché− y volvimos a casa”.
Cuando salieron del lugar, sus manos se buscaron sin el entusiasmo habitual, más bien, en un movimiento mecánico y desganado. Caminaron a la esquina para abordar un taxi que las llevara al hotel, siempre en silencio. ¿Por qué tenía Fabiola que estar tan enferma? Carmen le había dicho que con el cáncer de colon tan avanzado como el del caso, sólo quedaba esperar, acompañarla y prepararse para lo peor. Habían sido amigas desde hacía siete años e incluso habían vivido juntas. Además Fabiola rondaba, quizás los 35 años ¿No se supone que la gente muere anciana, después y sólo después de haber escrito concienzudamente sus memorias? Le parecía una paradoja trágica del destino estar a punto de un gran estreno cuando la vida de Fabiola se iba, se apagaba inexorablemente como la última esperanza. No hacía una semana que había firmado su renuncia en la institución donde trabajara por dos años y… Eran aquellos días extraños, una temporada de cambios que parecían no tener final, no obstante le parecía un exceso ir caminando además, por las calles del centro con una noticia semejante a la que acababa de recibir, a cuestas. Se metió, al menor pretexto, las manos en los bolsillos para evitar así la sensación de ridículo que le representaba tomar la mano de Alejandra. Tal y como en otros momentos, en pleno arrebato de franqueza se besaban apasionadamente urgidas por una fuerza casi magnética, ahora la más elemental sinceridad dictaba que caminaran separadas. Alejandra lucía cavilante, miraba al frente y parecía murmurar para sí. No podía negar que tenía razón, o al menos en parte; siempre con tantas cosas en la cabeza, siempre deseando cambiar al mundo, siempre con ganas de aparecer en mitad del escenario para salvar la situación, siempre corriendo de aquí para allá. Carmen solía decirle, medio en broma, que el día que se animara a escribir sus memorias, no iría más allá de una cuartilla porque su pasado remoto se extendía hasta el día de ayer y su futuro lejano, difícilmente se vislumbraba más allá del día de mañana. –A veces me siento como un tren rudimentario que tuviera sólo dos segmentos de vía− pensó –para seguir adelante, sería necesario desprender el anterior, colocarlo al frente y así, sucesivamente para llegar a ningún lugar−.
−Para colmo, ni un chingado taxi−.
Finalmente llegaron al hotel. Se trataba de una construcción post colonial, probablemente del siglo XIX o principios del XX. Aunque parecía imposible, dado el tipo de construcción, que fuera más antiguo, tenía el aire ancestral de los edificios cercanos a la Plaza Mayor. La primera vez que lo visitó, le perturbó la idea de llegar a una hora como aquella y encontrarse de pronto en la escalera, con uno de los muchos fantasmas que seguramente deambulaban por cada rincón. Sin embargo, esa noche era tanto su enojo, tenía tanto que pensar que, si hubiera tenido un encuentro con un ánima en pena, seguramente le habría dado un empellón con el brazo y hubiera seguido su camino, indiferente.
Ya en la habitación, comenzaron a desnudarse, sin ritual, con parquedad, como un viejo matrimonio donde cada persona hubiera perdido interés y hasta conciencia de la otredad. Mientras Alejandra se distraía en no sé qué, semidesnuda, mirándose al espejo, decidió encender su ipod, seleccionó El Tiempo de las Cerezas, un disco grabado a dúo por Enrique Bunbury y Nacho Vegas, dos cantantes españoles de cierta celebridad. El disco tiene un sonido acre, melancólico a grado tal que incluso podría decirse que el ambiente se llena de bruma en cada reproducción. La voz, un tanto nasal, de Vegas se escuchaba queda, pero claramente desde el audífono personal. Cuánto le gustaba Alejandra, cuánto la amaba. Tenían juntas poco más de un año y, sin embargo, le parecía haber vivido una vida entera junto a ella. Era, sin duda, una mujer sensual, amaba y deseaba su hermosa piel morena, sobre todo en noches como aquella, cuando se movía con desparpajo. Su fetiche favorito era escucharla lavándose los dientes, como justo ahora sucedía, le representaba una promesa, el preludio perfecto para una voraz, ardiente tormenta de amor.
“Si sólo era un juego, −pregunté− ¿Dónde esta la gracia? Y todo el camino, aquella extraña canción.”
¿Por qué tenía que sonar el timbre del teléfono? ¿Por qué tenía Alejandra que darle la espalda para leer el mensaje de texto que acababa −¡A esa hora!− de llegarle al celular? ¿Por qué tenía que responderlo desde un rincón, para ocultar una sonrisa, la más feliz de toda aquella noche, mirando con pícara alegría el objeto entre sus manos, como una niña jugando, escondida de sus padres, con su grillo mascota? Como actriz sabía muy bien que la elocuencia es una cualidad que rebasa, y a menudo desmiente a las palabras. Como histérica consumada había aprendido que la emoción es una bomba de tiempo con el reloj oculto, pero inexorable. Aquello no era como lo de Javier, o lo de Alonso. Alejandra estaba más entusiasmada que nunca y lo peor es que sentía, se daba perfecta cuenta de que en esta ocasión Alejandra no se enamoraba de alguien más, sino que lo hacía… ¡Exclusivamente! Estaba dejando de ser amada por aquella mujer de ideas brillantes, lo sabía, podía palparlo. Nunca antes le había dolido saber que otras personas tomaran su cuerpo, lo que en ese momento le laceraba como un silicio colocado en la parte más sensible de su alma, era sentir que le estaban arrancando su corazón ¡Guerra florida!
Alejandra se recostó junto a ella y la abrazó, la voz, ahora de Bunbury hablaba sobre la enorme conveniencia de pensar menos, con la cabeza, menos con el corazón y más con la entrepierna. Decidió entonces que tendría su noche, no ideal, no de cuento de hadas, por supuesto, como en los últimos días había imaginado, pero ¡Qué chingados! Aún era la noche del 24, mejor aún, era el inicio de la Natividad. Quizás, después de todo y pese a todo, de algún modo, aún podría tener su noche buena. Giro el cuerpo y se colocó encima de Alejandra, comenzó a besar, a lamer y acariciar mientras Alejandra respiraba profundo, tal y como en sus mejores noches. Por Dios, cuánto amaba esos pechos deliciosos que, aunque pequeños, le recordaban por alguna razón no del todo esclarecida, a Las Vacas de Quiviquinta. Su nariz comenzó a reptar por el vientre liso, suave, se insertó en el ombligo y se quedó ahí por unos segundos. Justo en aquel paraje se respiraba un olor delicioso de campiña, de sudor y de líquidos… ¡Cuánto amaba los líquidos desbordantes de Alejandra! Ni siquiera el propio Hernán Cortés tuvo una impresión semejante cuando, parado entre el Izta y el Popo, miró la ciudad radiante de Tenochtitlán, más allá, rodeada por el lago de Texcoco. Aventurera como aquel, su nariz se puso en marcha de nuevo para llegar al lugar de su mítico tesoro personal.
De pronto se tiró hacia atrás, se separó del cuerpo de Alejandra y, mientras de sus ojos brotaba un torrente de franca derrota, inquirió.
−¿Y el remolino? ¿Qué putas madres le hiciste al remolino?−.
Alejandra se sentó sobre la cama cubriendo con inédito pudor sus pechos. No estaba sorprendida, más bien, parecía preparar de nuevo las palabras como la emboscada final a jaque.
−Pues nada, simplemente me depilé. Sucede que lo hago a veces.
Alejandra sabía bien cuánto le gustaba ese pequeño remolino que, de forma natural, se le formaba en el vello del pubis. Cuántas veces había jugueteado con él girándolo con los dedos. –En él− Le había dicho meses atrás –Sería muy feliz de ver mi barca condenada a la profundidad de tus abismos. Te reconocería entre mil, entre millones de mujeres idénticas, sólo por él−.
¿O es que acaso no era Alejandra? Sí, eso debía ser ¿Pero entonces quién era esa mujer tan igual y sin embargo tan distinta? ¿Por qué la amaba si no era Alejandra? ¿Por qué olía como Alejandra? ¿Por qué –lo peor de todo− sentía que tenía que asirse de esa suplantadora si deseaba aún aferrarse a una parte de la mujer que, sabía, había dejado de ser, de existir tal y como la conocía? Tal vez Alejandra se había depilado intencionalmente para demostrarle que no estaba por comenzar el tan temido viaje del olvido, sino que, ya ni siquiera estaba ahí, ahora, ni con ella. Era demasiado tarde: ¡¡Había partido!!
Ya no eran sólo lágrimas brotando de sus mejillas, era un caudal, un sollozo salvaje de lava volcánica que hinchaba en llamas cada lugar por donde pasaba, incluso las profundidades de su garganta. Le dio totalmente la espalda a esa desmentida Alejandra, ella la quiso abrazar, pero le retiró la mano. No supo bien cuánto tiempo pasó antes de rendirse al sueño. Lo que sí supo es que su pesadilla tenía que ver con remolinos ardientes, con pequeñas barcas de cáscara de nuez hundidas en tempestad y estaba fondeada por las voces lacónicas de Bunbury, de Vegas y de sus propios sollozos, entrecortados, pero incesantes.
“Y no, nadie dijo nada, no, nadie dijo nada. Nadie dijo nada… Nada más”.
Besos y abraxos.
miércoles, 13 de mayo de 2009
¡¡No más acoso contra las mujeres!!
¿Alguna vez te has sentido incómoda mientras caminas por la ciudad? ¿Alguien te ha visto de alguna manera, te ha dicho cosas, te ha tocado, y te ha hecho sentir avergonzada? ¿Alguien te ha dicho "si no quieres que te vean/digan/hagan, no te vistas así"?Si ya estás harta del acoso callejero, de no poder salir con tranquilidad a la calle cuando "te atreves" a hacerlo con minifalda, shorts o escotes, acompáñanos en esta protesta pacífica.Vamos a apropiarnos de la Glorieta de Insurgentes este sábado 16 de mayo de 16:00 a 18:00 horas, vamos a hacernos ver y vamos a hacerle saber a la gente que ya no nos vamos a quedar calladas.
Más detalles en http:// feministagordaypeluda.blogspot.com¡Pasen la voz!
Más detalles en http:// feministagordaypeluda.blogspot.com¡Pasen la voz!
Pasó en el Metrobús - el silencio de muchas, la voz de unas cuantas. Por Gaby de la O
Favor de difundir
Les quiero compartir una anécdota escrita por mi querida amiga, Gaby de la O.
Pasó en el Metrobús - el silencio de muchas, la voz de unas cuantas
Es increíble las reacciones que una mujer puede recibir en cuanto levanta la voz o hace algo por las demás mujeres. En este caso, quiero compartir lo que acaba de sucederme.En apoyo a la causa del performance del sábado, imprimí el volante y le saqué copias. Mi objetivo era repartirlo en el metrobús de regreso a casa. Entré a la estación de Durango, y sin problema alguno, empecé a repartir los volantes a las mujeres que me encontraba. Muchas de ellas, concentradas en la puerta que dice claramente “Exclusivamente Mujeres, Niños y Adultos de Tercera Edad”, ya que subirse en otra puerta implicaba por la hora tener que compartir espacio con los hombres, incómodas. Repartía y decía gracias con una sonrisa. Una vez en mi autobús, empecé a distribuir el volante a las mujeres. Algunas me decían “No gracias”, a ellas les explicaba brevemente de lo que se trataba, que era la invitación a quejarnos sobre no poder usar falda o escote o cualquier otra prenda en esta ciudad ya que siempre hay hombres que te acosan con la palabra y con la mirada, con el chiflidito, con el sonido de un beso asqueroso. Muchas de ellas, después de escucharme lo aceptaban, les brillaban los ojitos entendiendo perfectamente, como hermanando la situación por las que todas hemos pasado. Lo aceptaban, lo leían.Bajé en una estación porque ese autobús venía muy vacío y me subí a otro. Éste estaba más lleno, y me fui de punta a fin a repartir el volante, predicando la explicación anterior en voz alta con una satisfacción increíble. Era delicioso poder hablar del acoso callejero así enfrente de los hombres. El problema se hacía verbo.Subió más gente, y entre ellos un hombre de mediana edad que en la sección de mujeres ya estaba sentándose cómodamente. Después de repartir más volantes, sentí que lo que estaba haciendo y lo que estaba viendo no correspondían, y le dije “¿Sabe que esta es sección de mujeres? Bueno, entonces ceda el asiento a una mujer”. Él me dijo “¿Te vas a sentar?”, y yo le dije que no, y entonces con un “Bueno” se quedó ahí sentadote. Y después abrió la boca para decir “Ahorita que se suba una mujer, le doy el asiento”, a lo que respondí “Pues quiero ver, voy a repartir esto y vuelvo para checar que ya no estás aquí sentado”. (Ya le hablaba de tú).Fui de nuevo hasta el final del camión, y regresé para verlo plácidamente sentado en el mismo lugar. Y entonces no quise callarme, y le empecé a preguntar que si no entendía que ésa era la sección de mujeres… “Pues yo no veo donde diga que es para mujeres” – “¿Ah no? A ver chofer –estábamos hasta delante del metrobús- Dígale al señor que esta es sección de mujeres”, a lo que me contestó “Pues sí le voy a decir, pero también voy a reportarte porque estás repartiendo publicidad y no puedes hacer eso”. El hombre sentado sonreía ya complacido. Yo, levantaba la voz con más coraje “Entonces si le vas a avisar al policía, también le vas a decir que baje a este señor que está sentado en la sección de mujeres”. El chofer tomaba ya el radio para reportar un 015 o algo así. Llegando en la siguiente estación, empezó a pitarle al policía con desesperación como si en verdad existiera ya una situación caótica. El policía se acercó, y escuché que el chofer sólo me estaba reportando a mí: me acusaba tal cual de estar repartiendo publicidad. Como si se tratara de un impulso contra la aburrición, el oficial saltó al autobús y me ordenó que me bajara. Yo me negué. “¿A ver tu publicidad?” Tampoco se la di. La tomó de otra señora, y me dijo que bajara. –“Pues entonces también baje al señor que no está respetando el lugar asignado para mujeres”. El señor se levantó y explicó que yo había sido muy prepotente y que no sabía nada de esas reglas. El policía, con muuuuucho respeto y amablemente, le pidió que se pasara atrás. Y con una frase que no he escuchado en meses de utilizar el Metrobús, dijo “Caballeros, por favor atrás”. El señor obedeció. El oficial ya se volteaba a verme, y me decía “Señorita bájese”. En todo este tiempo, ninguna mujer abrió la boca. Ninguna dijo, exclamó, me dio la razón, todas, calladas, supongo yo, con la inminente actitud aprendida de no tener problemas con la autoridad. Entré en shock y en profunda tristeza.Bajé del Metrobús con el oficial, que ya me estaba pidiendo mi identificación. Yo me negué, y estaba buscando la salida. Total, pensaba yo, caminaba y me subía en la próxima para repartir volantes. El oficial insistía en que le diera mi credencial, y fue entonces que opté por suavizar mi voz y tomar una actitud buena-ondita. Le expliqué que yo no había hecho nada. Que mi “publicidad” era justo para impedir el maltrato a las mujeres, que se respetaran las reglas, lo que no hizo el señor sentado al que le habló con mucho respeto.Por el contrario, el oficial no bajó la guardia, y corporalmente empezaba a amenazarme, y a acercarse. Su mirada era dura. Empezó a levantar la voz, a tomar su radio, todas, actitudes ceñudas e inquietantes. Me solté a llorar. Mucho. La gente alrededor empezaba a voltear. Y fue cuando una supervisora de la empresa se acercó y me preguntó qué me pasaba y qué me estaba diciendo el oficial. Y entre muchos sollozos y palabras cortadas le empecé a explicar lo que había sucedido. Enseguida, ella volteó a ver al oficial con enfado, su mirada decía “Pinche cabrón”, y le dijo “acompáñame”. Luego se dirigió a mí y me dijo muy suave “¿Quieres acompañarme a la próxima estación porque aquí no hay luz y me cuentas qué pasó?”. Y nos subimos y el oficial se quedó pegado a nosotras, dizque hablando por radio. Una vez ahí, yo no podía dejar de llorar. Me entró “el sentimiento” –como le llaman. Obvio que muchas personas empezaron a voltear a vernos y a escuchar. Al principio, yo no podía hablar. Me ganaba la impotencia, el coraje, la amenaza. Hasta que por fin, le expliqué a la supervisora –y tal vez lo dije muy alto- que el oficial me había bajado por repartir unas invitaciones, que sus movimientos corporales eran rudos, que me había gritado, amenazado y pedido mi credencial cuando yo no había hecho nada. En síntesis, que me había tratado como un criminal, cuando en realidad el acoso, el manoseo, el robo en el Metrobús sigue sucediendo. Ahí explotó todo.Una mujer que venía sentada me habló y me dijo “Yo soy del movimiento feminista, ¿quieres reportar al oficial? ¿En qué te ayudo? ¿Qué te hicieron?”. Ella ya estaba levantándose con libreta en mano y preguntándole a la supervisora qué iban a hacer. Otro señor que venía detrás con su hija, me habló también y dijo muy indignado “¿Por qué no lo reportas ante tal y tal? ¡Ya estamos cansados que los llamados policías nos traten mal cuando viven de nuestros impuestos!”. Otro señor se acercó, y empezó a decir lo mismo, que lo reportara, que me quejara. Dos mujeres a los lados empezaron a apoyar diciendo algo así que ya estaban hartas de esos malos tratos. El oficial trataba de defenderse, sin éxito. De pronto se generó una nube de enojo, de rebelión.Bajamos la señora feminista, un señor que nos dijo más tarde que era abogado, la supervisora, yo y el oficial quien, ridículamente seguía jugueteando con su radio. Todos empezaron a preguntarle por su identificación, todos empezaron a reclamarle por qué me había tratado así. Todos. Enojados. Disgustados. Hartos. El oficial ya con sonrisita ante la frase del abogado “Puedes perder tu trabajo por este tipo de actitudes”, se disculpaba ya conmigo. Y yo, firme, le decía que me había tratado mal y como criminal.Al final, la supervisora quedó en pasar el reporte. Al final, el oficial dijo que él era joven y que le gustaban este tipo de eventos como los que decía mi publicidad (¿?). Al final y ya mucho más tranquila, me subí con la feminista. Para mi sorpresa y cuando me dijo quién era, recordé que ella había organizado cinco años atrás un evento en el zócalo en el que participó Dagger. Y entonces fuimos platicando bien en alto –las mujeres alrededor escuchaban con atención- sobre el performance, sobre el acoso callejero, sobre los escotes y las faldas. Ella me decía que en los setentas, sus primeras acciones de performance también fueron sobre el abuso sexual en el transporte, y que poco a poco esta inquietud se fue atenuando, hasta desaparecer por muchos años. Ahora ve con gusto que las voces se empiezan a levantar, que las mujeres se están quejando. Y que no hay nada mejor que recibir de pronto un volante como el mío donde queda claro que las mujeres no se están quedando calladas otra vez. Intercambiamos información. Ella traía un volante sobre la Semana Cultural de la Diversidad Sexual en donde se hablará de Pederastia, Discriminación, Pornografía, Femicidio, Teología, Globalización Sexual, entre otros.Cuando nos despedimos, sus últimas palabras fueron “¡Sigue tu lucha!”, con el puño en alto. Me solté a llorar, pero no esta vez por sentirme débil e impotente ante la autoridad corrupta y el machismo del chofer, sino porque de alguna forma recibí un gesto, un abrazo, un cariño, una actitud materna, que para eso es lo que estamos las mujeres en el mundo, para apoyarnos y apapacharnos.De esta experiencia, lanzo las siguientes preguntas y reflexiones:¿Qué es exactamente lo que hace que las mujeres permanezcan calladas, en mi caso, cuando el oficial me ordenaba bajar del autobús, sabiendo que eran más civiles testigos, no dijeron nada?¡Cuán profundas son las raíces de la educación paternalista que nos impiden como mujeres defendernos mutuamente!Últimamente los hombres no hacen caso de las áreas del Metrobús, y ya son varias ocasiones que no nos hacen caso cuando les decimos que nos den nuestro lugar. Cada vez se hacen más pendejos y se quedan sentados. Esto nos está arrojando a la situación que pasa en el Metro, por ejemplo, donde de plano, no se respetan las áreas para las mujeres.Hay tema para platicar. Y mucho material para hacer algo al respecto.
Les quiero compartir una anécdota escrita por mi querida amiga, Gaby de la O.
Pasó en el Metrobús - el silencio de muchas, la voz de unas cuantas
Es increíble las reacciones que una mujer puede recibir en cuanto levanta la voz o hace algo por las demás mujeres. En este caso, quiero compartir lo que acaba de sucederme.En apoyo a la causa del performance del sábado, imprimí el volante y le saqué copias. Mi objetivo era repartirlo en el metrobús de regreso a casa. Entré a la estación de Durango, y sin problema alguno, empecé a repartir los volantes a las mujeres que me encontraba. Muchas de ellas, concentradas en la puerta que dice claramente “Exclusivamente Mujeres, Niños y Adultos de Tercera Edad”, ya que subirse en otra puerta implicaba por la hora tener que compartir espacio con los hombres, incómodas. Repartía y decía gracias con una sonrisa. Una vez en mi autobús, empecé a distribuir el volante a las mujeres. Algunas me decían “No gracias”, a ellas les explicaba brevemente de lo que se trataba, que era la invitación a quejarnos sobre no poder usar falda o escote o cualquier otra prenda en esta ciudad ya que siempre hay hombres que te acosan con la palabra y con la mirada, con el chiflidito, con el sonido de un beso asqueroso. Muchas de ellas, después de escucharme lo aceptaban, les brillaban los ojitos entendiendo perfectamente, como hermanando la situación por las que todas hemos pasado. Lo aceptaban, lo leían.Bajé en una estación porque ese autobús venía muy vacío y me subí a otro. Éste estaba más lleno, y me fui de punta a fin a repartir el volante, predicando la explicación anterior en voz alta con una satisfacción increíble. Era delicioso poder hablar del acoso callejero así enfrente de los hombres. El problema se hacía verbo.Subió más gente, y entre ellos un hombre de mediana edad que en la sección de mujeres ya estaba sentándose cómodamente. Después de repartir más volantes, sentí que lo que estaba haciendo y lo que estaba viendo no correspondían, y le dije “¿Sabe que esta es sección de mujeres? Bueno, entonces ceda el asiento a una mujer”. Él me dijo “¿Te vas a sentar?”, y yo le dije que no, y entonces con un “Bueno” se quedó ahí sentadote. Y después abrió la boca para decir “Ahorita que se suba una mujer, le doy el asiento”, a lo que respondí “Pues quiero ver, voy a repartir esto y vuelvo para checar que ya no estás aquí sentado”. (Ya le hablaba de tú).Fui de nuevo hasta el final del camión, y regresé para verlo plácidamente sentado en el mismo lugar. Y entonces no quise callarme, y le empecé a preguntar que si no entendía que ésa era la sección de mujeres… “Pues yo no veo donde diga que es para mujeres” – “¿Ah no? A ver chofer –estábamos hasta delante del metrobús- Dígale al señor que esta es sección de mujeres”, a lo que me contestó “Pues sí le voy a decir, pero también voy a reportarte porque estás repartiendo publicidad y no puedes hacer eso”. El hombre sentado sonreía ya complacido. Yo, levantaba la voz con más coraje “Entonces si le vas a avisar al policía, también le vas a decir que baje a este señor que está sentado en la sección de mujeres”. El chofer tomaba ya el radio para reportar un 015 o algo así. Llegando en la siguiente estación, empezó a pitarle al policía con desesperación como si en verdad existiera ya una situación caótica. El policía se acercó, y escuché que el chofer sólo me estaba reportando a mí: me acusaba tal cual de estar repartiendo publicidad. Como si se tratara de un impulso contra la aburrición, el oficial saltó al autobús y me ordenó que me bajara. Yo me negué. “¿A ver tu publicidad?” Tampoco se la di. La tomó de otra señora, y me dijo que bajara. –“Pues entonces también baje al señor que no está respetando el lugar asignado para mujeres”. El señor se levantó y explicó que yo había sido muy prepotente y que no sabía nada de esas reglas. El policía, con muuuuucho respeto y amablemente, le pidió que se pasara atrás. Y con una frase que no he escuchado en meses de utilizar el Metrobús, dijo “Caballeros, por favor atrás”. El señor obedeció. El oficial ya se volteaba a verme, y me decía “Señorita bájese”. En todo este tiempo, ninguna mujer abrió la boca. Ninguna dijo, exclamó, me dio la razón, todas, calladas, supongo yo, con la inminente actitud aprendida de no tener problemas con la autoridad. Entré en shock y en profunda tristeza.Bajé del Metrobús con el oficial, que ya me estaba pidiendo mi identificación. Yo me negué, y estaba buscando la salida. Total, pensaba yo, caminaba y me subía en la próxima para repartir volantes. El oficial insistía en que le diera mi credencial, y fue entonces que opté por suavizar mi voz y tomar una actitud buena-ondita. Le expliqué que yo no había hecho nada. Que mi “publicidad” era justo para impedir el maltrato a las mujeres, que se respetaran las reglas, lo que no hizo el señor sentado al que le habló con mucho respeto.Por el contrario, el oficial no bajó la guardia, y corporalmente empezaba a amenazarme, y a acercarse. Su mirada era dura. Empezó a levantar la voz, a tomar su radio, todas, actitudes ceñudas e inquietantes. Me solté a llorar. Mucho. La gente alrededor empezaba a voltear. Y fue cuando una supervisora de la empresa se acercó y me preguntó qué me pasaba y qué me estaba diciendo el oficial. Y entre muchos sollozos y palabras cortadas le empecé a explicar lo que había sucedido. Enseguida, ella volteó a ver al oficial con enfado, su mirada decía “Pinche cabrón”, y le dijo “acompáñame”. Luego se dirigió a mí y me dijo muy suave “¿Quieres acompañarme a la próxima estación porque aquí no hay luz y me cuentas qué pasó?”. Y nos subimos y el oficial se quedó pegado a nosotras, dizque hablando por radio. Una vez ahí, yo no podía dejar de llorar. Me entró “el sentimiento” –como le llaman. Obvio que muchas personas empezaron a voltear a vernos y a escuchar. Al principio, yo no podía hablar. Me ganaba la impotencia, el coraje, la amenaza. Hasta que por fin, le expliqué a la supervisora –y tal vez lo dije muy alto- que el oficial me había bajado por repartir unas invitaciones, que sus movimientos corporales eran rudos, que me había gritado, amenazado y pedido mi credencial cuando yo no había hecho nada. En síntesis, que me había tratado como un criminal, cuando en realidad el acoso, el manoseo, el robo en el Metrobús sigue sucediendo. Ahí explotó todo.Una mujer que venía sentada me habló y me dijo “Yo soy del movimiento feminista, ¿quieres reportar al oficial? ¿En qué te ayudo? ¿Qué te hicieron?”. Ella ya estaba levantándose con libreta en mano y preguntándole a la supervisora qué iban a hacer. Otro señor que venía detrás con su hija, me habló también y dijo muy indignado “¿Por qué no lo reportas ante tal y tal? ¡Ya estamos cansados que los llamados policías nos traten mal cuando viven de nuestros impuestos!”. Otro señor se acercó, y empezó a decir lo mismo, que lo reportara, que me quejara. Dos mujeres a los lados empezaron a apoyar diciendo algo así que ya estaban hartas de esos malos tratos. El oficial trataba de defenderse, sin éxito. De pronto se generó una nube de enojo, de rebelión.Bajamos la señora feminista, un señor que nos dijo más tarde que era abogado, la supervisora, yo y el oficial quien, ridículamente seguía jugueteando con su radio. Todos empezaron a preguntarle por su identificación, todos empezaron a reclamarle por qué me había tratado así. Todos. Enojados. Disgustados. Hartos. El oficial ya con sonrisita ante la frase del abogado “Puedes perder tu trabajo por este tipo de actitudes”, se disculpaba ya conmigo. Y yo, firme, le decía que me había tratado mal y como criminal.Al final, la supervisora quedó en pasar el reporte. Al final, el oficial dijo que él era joven y que le gustaban este tipo de eventos como los que decía mi publicidad (¿?). Al final y ya mucho más tranquila, me subí con la feminista. Para mi sorpresa y cuando me dijo quién era, recordé que ella había organizado cinco años atrás un evento en el zócalo en el que participó Dagger. Y entonces fuimos platicando bien en alto –las mujeres alrededor escuchaban con atención- sobre el performance, sobre el acoso callejero, sobre los escotes y las faldas. Ella me decía que en los setentas, sus primeras acciones de performance también fueron sobre el abuso sexual en el transporte, y que poco a poco esta inquietud se fue atenuando, hasta desaparecer por muchos años. Ahora ve con gusto que las voces se empiezan a levantar, que las mujeres se están quejando. Y que no hay nada mejor que recibir de pronto un volante como el mío donde queda claro que las mujeres no se están quedando calladas otra vez. Intercambiamos información. Ella traía un volante sobre la Semana Cultural de la Diversidad Sexual en donde se hablará de Pederastia, Discriminación, Pornografía, Femicidio, Teología, Globalización Sexual, entre otros.Cuando nos despedimos, sus últimas palabras fueron “¡Sigue tu lucha!”, con el puño en alto. Me solté a llorar, pero no esta vez por sentirme débil e impotente ante la autoridad corrupta y el machismo del chofer, sino porque de alguna forma recibí un gesto, un abrazo, un cariño, una actitud materna, que para eso es lo que estamos las mujeres en el mundo, para apoyarnos y apapacharnos.De esta experiencia, lanzo las siguientes preguntas y reflexiones:¿Qué es exactamente lo que hace que las mujeres permanezcan calladas, en mi caso, cuando el oficial me ordenaba bajar del autobús, sabiendo que eran más civiles testigos, no dijeron nada?¡Cuán profundas son las raíces de la educación paternalista que nos impiden como mujeres defendernos mutuamente!Últimamente los hombres no hacen caso de las áreas del Metrobús, y ya son varias ocasiones que no nos hacen caso cuando les decimos que nos den nuestro lugar. Cada vez se hacen más pendejos y se quedan sentados. Esto nos está arrojando a la situación que pasa en el Metro, por ejemplo, donde de plano, no se respetan las áreas para las mujeres.Hay tema para platicar. Y mucho material para hacer algo al respecto.
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